lunes, 28 de octubre de 2013

LOMM



Desperté con un hueco en el pecho; el vacío por la perdida de alguien esencial; Eva no se hallaba a mi lado, arropada por mis brazos. Me desperecé y me di una ducha bien fría. En cuanto acabé, me sequé y me vestí con la ropa que llevaba puesta la noche anterior. Estaba sucia pero era preferible a ponerse unos legings o unos pantalones de pitillo, de Eva, que aprietan tanto que se te secan las pelotas.

Entré en la cocina para prepararme café y algo para desayunar. Escudriñando en los armarios logré encontrar lo que parecían unas palmeras. Me contenté con ellas. Mientras la cafetera preparaba el café le rellené, a Koshka que ronroneaba y se restregaba ligeramente con la cabeza en mis tobillos, con pienso el bol de la comida. Dejé que comiera tranquilo y salí al balcón. De la calle llegaron los ecos lejanos de una conversación:

- Dios como me ponen las nórdicas...

- O legalizan la prostitución y que paguen IVA o esto no se levanta... Me refiero al país, no a mí nabo.

- ¡Cállate la boca Sandokán, que te huele el aliento a chocho sudao!

Y otras dos vidas desaparecieron calle abajo. El día era desapacible; la nubes grises trasladaban hacia el mar la contaminación que flotaba en el ambiente de la ciudad y el sol apenas penetraba a través de ellas. De uno de los pisos superiores cayo una lata de cerveza que fue a parar a la maya de alambre que había colocado el ayuntamiento para evitar los desprendimientos de la fachada y, que, con el tiempo, y el civismo de los vecinos se había convertido en el vertedero particular de la comunidad. Periódicamente unos operarios del ayuntamiento se encargaban de quitar la maya para recoger la basura y colocarla, de nuevo, limpia. Previniendo que el capullo del vecino iba a tender la ropa sin preocuparle que pudiera haber debajo entré en el comedor y me estiré en el sofá; con una inquietud apoderándose de mi, lentamente.

El mando del televisor se me clavaba en la raja del culo y me incomodaba. Me moví bruscamente hasta que cayó al suelo y alargando el brazo conseguí pulsar el botón de un canal, que resultó ser el de noticias 24 horas. Tras tal esfuerzo titánico cerré los ojos e intenté dormir con la esperanza de que al despertar Eva hubiera vuelto. En el proceso de coger el sueño intercalaba las noticias sobre el último lanzamiento de la hamburguesa tortillera de una conocida marca de la cual procuraban remarcar su nombre o las reclamaciones de una asociación de daltónicos para que se eliminara el rojo y el verde de las ciudades; con momentos de revelación donde descubría que una parte de la fascinación que sentía por Eva venía dada por la libertad que ostentaba en sus actos; cuando pensaba que al fin la había alcanzado ella se empeñaba en demostrarme con su ausencia lo alejados y unidos que estábamos. Me dormí con la voz aflautada y monótona del presentador.

El estrépito de una puerta cerrándose seguido del ruido de unas llaves cayendo al suelo me desveló. "¿Sería Eva? No, ella solía ser más discreta al entrar al piso", pensé. Era su compañero de piso,"mariquita mala" confesa, que en cuanto me vio dijo:

- ¡Carlos! -se echó las manos a la cabeza- ¿qué te has hecho en la cara? ¿Y esos pelos que me llevas? Deja que vaya a buscar a mi cuarto el maquillaje y te pondré listo como si fueras a salir de fiesta.

Lo que faltaba. El día que quería estar con Eva o, en su defecto; sólo, tenía que aparecer el plumón de Edu. No le contesté, no obstante, él no escuchaba a nadie. Hablaba en voz alta desde su habitación; gustándose.

- ¿Donde lo habré puesto?.. ¡Aquí está! Carlos prepárate que saldrás como un hombre nuevo. Incluso yo me enamoraré de ti.

Para él no había otra vida que la que estaba viviendo, no había descubierto otras opciones, ni dilemas de embergadura había obstaculizado su camino; un superficial sin opción a réplica. En otras circunstancias lo hubiera enviado a la mierda pero supe contenerme y me limité a contestarle educadamente:

- No hace falta que lo traigas.

- Venga que te quedará bien -insistió.

- No.

- Hijo, que soso eres.

De la habitación pasó a la cocina a prepararse un baso de leche. Todo lo que hacia me lo narraba, incluso las cucharadas de azúcar que añadía a la leche. Debía pensar que estaba en medio de un experimento científico. Cuando terminó el procesó de elaboración de su obra cumbre regresó al comedor.

- ¿Y que me cuentas? -me preguntó y dio un sorbo al vaso de leche.- ¿Al fin te has hecho a Eva?

- ¿Como lo sabes? -bromeé.

- Soy muy femenina. ¿No lo habías notado?

- Sí, esa barba te delata.

-Va, no te desvíes del tema. ¿Verdad que estás con ella? -insistió.

-¿La verdad? No lo sé. En ningún momento nos hemos sentado a hablar sobre que es lo que somos o queremos ser. Me inquieta la incertidumbre de no conocer cual será su respuesta si le propongo salir; es tan volátil. Hay mañanas que es la personificación de la ilusión y el optimismo pero esa misma tarde hablas con ella y su carácter se ha vuelto sombrío e irritable. Tal vez deba esperar a consolidar lo que sea que tenemos.

- Ya, ya...

Edu dio la respuesta tipo cuando no se ha comprendido o empatizado lo suficiente con el interlocutor. Poco me importaba, necesitaba hablar con alguien urgentemente aunque no entendiera una mierda.

- Me gusta... la quiero; es innegable... pero -titubeé- ¿que busco en ella?, ¿amor?, ¿ofrecerme como sacrificio para su redención?, ¿beber una gota del bálsamo de Fierabrás? ¿un cortafuegos que me aisle de mis miedos?, ¿la nostalgia de una verdadera vida?.. Demasiadas preguntas en una cabeza cansada de razonar ¡Basta! Si ahora estuviera aquí... todo sería diferente. En cambio me encuentro solo sentado en el sofá hablando con, practicamente, un desconocido. Ando en círculos... estoy harto de todo. Vivimos alienados en nuestras miserables casas aspirando a conocer a alguien que nos haga más soportable la humedad del pozo.

- Si decoras el pozo con gracia llega a ser acogedor. En una nave abandonada vi una pintada que te pega bastante:  "Hell is the other people" -dijo mientras miraba la hora en el reloj-. Que tarde es, he de irme que he quedado en el Bacon Bear con mi osito.

Su osito era un 30 añero alopécico, con una pronunciada barriga y mucho pelo emergiendo por las aperturas de su ropa. Solía comentar que la tenía pequeña pero juguetona y que cada vez que quedaban el osito le obsequiaba con algún regalo.

- Una pregunta -dijo, Edu, levantándose de la silla- ¿Como descifras a las personas?

- Para conocer a las personas sólo hace falta leer las puertas y paredes de los baños de los bares y las universidades

- ¿Y como soy yo?

- ¿Eres cínico?

- Probablemente.

- ¿Eres feliz siendo cínico?

- Sí

- ¡Entonces no eres un cínico porque los cínicos no son felices! -sentencié.

- Suenas como un nihilista -replicó.

- ¡Pues me cago en los nihilistas también!

- Chao -se despidió Edu.

- Adiós.

Un resquicio en la autoestima me empujó ante el espejo del baño. Cara a cara con el anonimato que miraba, suspicaz, desde fuera, reclamando respuestas a sus preguntas:¿ese soy yo?,¿quién soy yo? Realidades abstractas que se presentan las tardes de domingos lluviosos, mientras aguardas, una señal procedente del pasillo, sacándote espinillas de la nariz para que tu maltrecho físico cree una mejor impresión. Era la confirmación de la ruptura entre el yo, que se reconocía autónomo, y un cuerpo que solía ceder ante las argucias de la belleza. No cabía otra, debía encauzarlos hacia un mismo fin que los fundiera en uno, y, a la vez, los dividiera en una infinidad de calidoscopios de colores.

Las uñas se clavaban en la nariz roja presionando los puntos negros que, tras una breve resistencia, salpicaban el espejo. Cuando terminé arranqué un trozo de papel de váter y me dediqué a limpiar el espejo procurando no dejar rastro. El Yo lo contemplaba con una mirada fría y distante, desaprobando mis acciones. La soledad puede llegar a ser abrumadora; más aun con los graves de una bachata llegando desde el piso de arriba. Corrí al comedor, cerré las cortinas y volví a estirarme en el sofá intentando dormirme para no tener que pensar en nada. Eva, Eva, Eva, Eva... en ráfagas de un eco indefinido. Era agotador descubrirme solo en el mundo, reconocer que las situaciones "especiales" no se sustentaban si las analizaba detenidamente. Frenético y sudoroso pase del comedor al cuarto de Eva y me escondí bajo las sabanas desechas, entre camisetas por planchar y lencería sexy. Miles Davis vigilaba, taciturno, desde las alturas de la pared, mis movimientos. Aquel día nada mostraba alegría. Notaba el cuerpo pesado y los ojos me dolían como si no hubiera dormido durante una semana.. Creo que me dormí.

Mi precario refugio fue alcanzado por el tintineo de unas llaves...

-¡Eva! -grité al verla plantada en la puerta del cuarto, mirándome perpleja.

Nunca había deseado tan fervorosamente que apareciera una mujer en mi vida.

- Max, ¿que haces metido en la cama a estas horas?

- He sufrido un terror diurno, pero no nos perdamos con divagaciones sin sentido. ¿Que horas son?

- Las 6 de la tarde.

- ¿Podemos ir a dar una vuelta?

- Mientras no sea una de tus famosas vueltas infinitas. Venga, péinate un poco y salimos.

-¿Que haría yo sin ti, Eva?

- Ser libre -sentenció.

Cuanta razón en tan pocas palabras.  Me hallaba en constante persecución de unas ideas primigenias a la vez que mis acciones me encaminaban a la desaparición de cualquier rastro de ellas.¿Sería la soledad el único recurso viable? Lo desconocía.

Me eché el flequillo a un lado y bese a Eva, que colocaba un libro en el escritorio, en la mejilla.

- Listo -dije.

Eva salió primera, dando saltos por la escalera, y yo la seguí de cerca tras cerrar de un portazo. En la calle se respiraba un ambiente diferente, más alegre, aunque oliera a fritanga, meado y cloaca, el sol asomaba entre las nubes que se dejaban llevar por esporádicas ráfagas de viento que mecían las sabanas tendidas. Las personas habían salido de sus madrigueras y charlaban animadamente parados en mitad de la calle sin percatarse de la presencia de un camión de reparto que ansiaba tocar el claxon para ahuyentarlos, se oía jaleo en los bares, gente maldiciendo en los cibers, gritos y risas, y, entre todo aquel jaleo un riff característico acompañado de una voz un tanto homosexual que emergía, a través de un balcón abierto, de las profundidades de un comedor; algo que nos transporto a cuando eramos adolescentes y visitábamos (sin conocernos todavía) ciertos tugurios donde se lograba escuchar heavy o sucedáneos.

I was made for loving you baby
You were made for loving me
And I can give it all to you baby
Can you give it all to me

Nos perseguimos el uno al otro corriendo por las calles, cantando el estribillo de la canción, señalándonos, acariciándonos con la mirada y, finalmente, abrazándonos. A nuestro paso algún que otro melenudo que conocía la letra levantaba el brazo y hacía el símbolo de los cuernos mientras, ante tal muestra de efusividad, los presentes más vetustos discutían sobre el devenir de las nuevas generaciones. Me hubiera parado a escucharlos sino fuera porque Eva absorbía toda mi atención. La seguí con su culo como punto de referencia en el mapa, perdiéndonos por bulevares transitados y coloridos y por callejones donde la humedad, la basura y las moscas eran las únicas residentes permanentes. Al cruzar miradas con Eva me transmitía una placentera felicidad, una ingenua serenidad, una invitación a romper las cadenas de la razón y lanzarme en brazos de la pasión. Cuando las piernas flaqueaban  nos escondíamos en oscuros y descuidados portales y nos mirábamos mutuamente con deseo hasta que, recuperados, nos lanzábamos al reencuentro concluyendo siempre con un prologando y tórrido beso. En ocasiones una mano traviesa se excedía con las cosquillas y traspasaba a la laguna prohibida generando incontrolados estallidos de pasión que los turistas, de mudanza con sus maletas gigantes, observaban como si fuéramos animales del zoo. Entonces emprendíamos de nuevo la carrera esquivando peatones,ciclistas y palomas bombarderas, y, acompañando a los niños en sus chutes al balón. Empezó a chispear o quizás fuera un vecino regando las plantas. Eva me cogió de la mano y apretó; dos veces. Una señal inconsciente que indicaba un destino: la sede clandestina del LOMM.

- ¿Pasamos por el Elias a ver quien hay? -pregunté.

- No los conozco mucho... - contestó tímidamente.

- Son buena gente, ya verás.

El LOMM era una asociación clandestina de rájers que nos reuníamos varios días de la semana para poner en común nuestras peripecias vitales y despotricar de todo lo imaginable. Solíamos ser tres: Jose, Alex, y yo, aunque de vez en cuando algunas personas inconscientes se dejaban caer por la sede del grupo para participar en "La Gran Rajada", que tenía lugar días después de un fracaso amoroso por parte de algún integrante del grupo (constantemente). La sede permanente se ocultaba en una habitación contigua al almacén del bar Elias, en el primer piso. El Elias era un lugar telúrico, un centro de poder donde se reunían desde currelas, abogados, abuelos domingueros, borrachos, ludópatas y otros seres inclasificables.

Cogidos de la mano cruzamos, con paso veloz, la plaza dedicada a la plantación de resplandecientes terrazas de aluminio y torcimos a mano izquierda por la calle más estrecha y lúgubre. A unos 10 metros se vislumbraba un diminuto cartel con lucecitas de colorines donde se leía: bar. La nueva innovación del Elias para atraer clientela. A medida que nos acercábamos el griterío y los golpes de fichas de dominó sobre la mesa se iban tornando en palabras inconexas; ¡Mathiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiilllllllllllll!, ¡Aleeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeessssssssssss!,¡Aaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaahhhhhhhhh!,¡El tren de port bou!,¡Mineral water!.. Me eché a reír. Reí hasta llorar. Al inicio, Eva me miraba con incredulidad, no entendía que estaba pasando, pero, tan dada al dejarse llevar, se contagió y también estallo en carcajadas.

Entramos en el Elías y fuimos recibidos por el excelentísimo Fly-Fly; supuesto conde de unas islas caribeñas que gastaba su fortuna, cada tarde entre quinto y quinto, en las tragaperras. Poseía un escudero, de nombre "Maño", que regentaba un bar en la misma calle y que le acompañaba cada tarde en sus aventuras tragaperriles. Sir Fly-Fly era alto y panzudo, con una calva central flanqueada por pelos mugrientos a los lados que se desplegaban en una barba enraizada. Vestía camisas repletas de manchas de aceite y vino y pantalones "tío paco", sujetos con un cinturón de cuero. No conocía mucho más sobre él aunque siempre que me veía me trataba con familiaridad y entablábamos conversaciones sobre fútbol o recuerdos que conservaba del pasado en las islas.

Sir Fly-Fly abrió exageradamente los ojos y repasó de arriba a abajo a Eva. Por unos instantes no supo que decir y quedó paralizado. Cuando se recuperó, me dio un apretón de manos, sonrió pícaramente y formuló su pregunta habitual:

- T´han fullat?

- Hahahaha -el cabrón sabía jugar-. Sí que m´han fullat, sí.

- Eso es lo importante- dijo y se dirigió a Eva-. Cuidamelo, es un buen chaval.

- Lo intento, pero no se deja.

- ¡Aaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaahhhhhh!... -contestó Sir Fly-Fly echando la cabeza hacia atrás e inflando la papada como un sapo- ¡Maño!¡Maricón!¡Págame un quinto! -prosiguió mientras se adentraba en el bar.

Recorrimos el estrecho pasillo que conducía al comedor, parandonos en la barra para pedir unas cervezas y unos cacahuetes con cáscara. Sebas, el gentil propietario del bar, no aparecía. Un abuelo, bronceado hasta la rabadilla que jugaba intensamente al dominó, pegó un grito:

- ¡Sebas!¡Deja de colgar fotos borrosas y sal que el chico está esperando!

- ¡Calla!¡Que ahora están de moda estas fotos! -replicó Sebas- ¡Voy!

Desde el marco de la puerta del comedor preguntó:

- ¿Qué queréis?

- ¿Están arriba?

- ¿Bocata de panceta y cerveza?¿Y para ella?

- Sí, y unos cacahuetes con cáscara.

- Otra cerveza, por favor.

- Ahora os lo traeré.

 Juanpe ladraba en el piso de arriba y bajó corriendo por las escaleras para saludarnos con saltos de júbilo y movimientos de cola. Subimos las escaleras a tientas, con la luz que salía de la habitación del primer piso como referencia, procurando no tropezar con Juanpe que se nos cruzaba por debajo de las piernas. Arriba nos esperaban Jose y Alex. Fue una grata sorpresa encontrarlos a los dos. Nos saludamos efusivamente, entre besos y abrazos. Eva, por timidez, se mostró distante, excepto con Juanpe que la buscaba constantemente y saltaba sobre ella. En la habitación apenas había sitio para más personas. Una mesa de plástico, cuatro sillas carcomidas,  un sofá roído y un viejo tocadiscos en marcha conformaban el austero mobiliario. Alex había pintado de blanco la única pared que no estaba desconchada. En ella solíamos escribir ocurrencias que surgían en las charlas entre cerveza y cerveza: nombres de chicas, filosofadas. bizarradas...

Eva leyó en voz alta la pared:

- "La gente no discute sobre lo que sabe de Kant", "Las tías son como alguien con mucho dinero que no sabe donde invertir", "Juanpe for president" -dejó de leer y se fue riendo a sentarse, junto a mi, en el sofá.

Con todos bien acomodados y un piano de fondo, Jose cogió un libro de la mesa, lo abrió y se dispuso a leer como un rapsoda:

- "La gente capaz de amar, en el sistema actual, constituye por fuerza la excepción; el amor es inevitablemente un fenómeno marginal en la sociedad occidental contemporánea. No tanto porque las múltiples ocupaciones no permiten una actitud amorosa, sino porque el espíritu de una sociedad dedicada a la producción y ávida de artículos es tal que sólo el no conformista puede defenderse de ella con éxito. Los que se preocupan seriamente por el amor como única respuesta racional al problema de la existencia humana deben, entonces, llegar a la conclusión de que para el amor se convierta en un fenómeno social y no en una excepción individualista y marginal, nuestra estructura social necesita cambios importantes y radicales."

Juanpe ladró interrumpiendo la lectura para posteriormente revolcarse entre el regazo de Eva que le acariciaba la barriga y lo miraba enternecida.

- Antes lo hablábamos con Alex -Jose retomó una charla anterior  nuestra llegada-. Es difícil saber cómo querer vivir. Ver las cosas con la fascinación de un niño es difícil, pero hay que hacerlo. La naturaleza, el amor, la música, esos momentos de paseo escuchando post-rock, las miradas inocentes; por mucho que crezcamos si perdemos eso si podemos considerar que hemos perdido.

- Supongo que no se pierden, sino que van siendo aplastadas -apostillé-. Vivir es difícil pero hay que fluir como el agua. A veces vienen trols de rio y te ponen piedra o unos castores construyen una presa pero el rio sigue su curso, aunque sea bajo tierra.

- Aquí la gente me mira extraño porque la mayor parte del tiempo tengo una coraza de soltar guarradas, provocar e incluso ser desagradable o escatológico, o pasar de todo hasta la capullez, pero cuando suelto, muy de vez en cuando, algo de lo que pienso realmente como por ejemplo discursos como el tuyo o me emociono como un niño por alguna cosa de la naturaleza, de la vida, o hablo del amor con esa pasión, tan naif para la mayoría, me miran aun mas extraño. Pero me da igual, en el fondo se que muchos de ellos sienten admiración o extrañeza pero en el fondo nos quieren por ello; por la sinceridad de nuestros sentimientos y eso no es mas que una señal de que vamos en el camino adecuado, de que tenemos razón, de que la felicidad y el amor son algo natural y que se ha perdido pero las personas aun saben reconocerlo y apreciarlo -dijo Álex, apasionadamente-.

- Ellos te miran con nostalgia -dije-. Como un heavy calvo que ve un melenas y piensa: ai... cuando yo tenía pelo... Pues todos están igual. Es como dejarse el gas encendido, al principio lo hueles pero cuando es demasiado tarde te duermes y explota todo.

Guardamos silencio. Eva asistía a aquella conversación como un niño en una comida de adultos; pasó del desconcierto a la fascinación. Retomé la conversación:

- Hace unos días fuimos de acampada a la montaña y al volver me entró una especie de tristeza.

- Sí -afirmó Álex.

- A los pocos días me reenganché.

- Si, volverás a la linealidad -comentó Jose.

- ¿Y esa tristeza, no la determinas en un punto? -preguntó Eva.

- No, es algo general; es como tener recuerdos de que alguna vez viviste en bolas en el paraiso.

- Ahahahahahahaha -rieron todos.

- Yo a eso le llamo anhelos, como recuerdos de otra vida que acuden a tu mente para darte un toque de atención -dijo Jose.

- Sí, estos días he tenido un viaje chamánico, como si fuera un indio. No sabría explicároslo. He dejado de ser racional para ser un todo.

- ¿Y eso que implica? -preguntó Eva mientras me acariciaba la pierna.

- Que dejas de ser una individualidad. Quiero decir, tus pensamientos dejan de ser una individualidad, cada uno con su propia idea y sus propios cauces, y se juntan todos, se juntan con la naturaleza, con la música...

- Estamos cansados de todo ya, eh... dijo Jose con una media sonrisa.

- Sí - dijimos todos al unisono.

Sebas interrumpió el dialogo trayéndonos el bocata, los cacahuetes y las cervezas. Tras lo cual se marchó silenciosamente.

- Siento interrumpir, ahora lo retomamos, pero ha llegado el momento del "cacahuetazo" -dije levantándome del sofá para ir a buscar los cacahuetes de encima la mesa.

Eva me miraba perpleja, desconocía de que hablaba y no sabía que hacer.

- El "cacahuetazo" es nuestro rito de iniciación. Es sencillo, coges un cacahuete y lo tiras por la ventana que tienes detrás de ti -le explicó Jose.

- Voy a mirar si hay cava en el almacén -dijo Álex.

En nada estaba todo dispuesto. La ventana abierta de par en par, Eva, con el bol de cacahuetes en las manos, sentada en el sofá y Álex listo para descorchar la botella. Un sonido seco y el tapón salió disparado hacia el techo rompiendo una bombilla fundida. Juanpe se excitó y empezó a ladrar y perseguir el tapón de corcho por la habitación. Eva lanzó el cacahuete de rigor por la ventana y me abalancé sobre su regazo para aprovisionarme de cacahuetes y lanzarlos en todas direcciones. En segundos los cacahuetes pasaban silbando rozando nuestras cabezas, mientras otros impactaban de lleno. Una confusión de gritos, cava derramado, risas y cacahuetes se apoderó de la habitación.

- ¡Cabró!

- ¡Ahhaahaha! ¡Apunta maricó!

Una panceta salió volando por la ventana mientras nosotros, rodando por el suelo, reíamos desaforadamente.

miércoles, 5 de diciembre de 2012

A una desconocida


 Ha anochecido. Retornas al lugar que frecuentabas cuando la tristeza por la perdida y el recuerdo te acompañaban a cada paso, como si de tus sombras se trataran. El rincón al que creías innecesario volver cuando te alzaste por encima de la pena que te absorbió durante varios meses. Te sientas en el espigón con los pies colgando y el mar, enfurecido, te golpea por debajo; salpicándote los tobillos desnudos. Hace rato que el graznido de las gaviotas que revoloteaban por la playa ha desaparecido dejándote con el rumor de las olas renaciendo en la orilla. Poco a poco la penumbra te va envolviendo. Giras la cabeza y observas el paseo en la lejanía: con sus farolas anaranjadas que empiezan a encenderse manchando el cielo estrellado, sus ciclistas descarriados, sus corredores fervientes creyentes de la causa, sus mecánicas parejas que algún día sintieron amor pero lo enterraron bajo toneladas de pensamientos fugitivos, sus fotógrafos aferrándose a las esencias de cada instante, sus abuelos preocupados por la pensión, el borracho que mea despreocupado detrás de una palmera... Vuelves tus ojos al horizonte y fijas tu mirada en un punto indeterminado, concentrándote tanto que olvidas ser tu por unos instantes. Es entonces, cuando tomas conciencia de tu soledad; de lo alejada que te encuentras de todo aquel mundo regido por las apariencias y el engaño; de que te encuentras sola ante el mar abierto..., que tus labios insinúan una hermosa sonrisa.

sábado, 20 de octubre de 2012

Attention



Vomitando los macarrones y el lomo de la comida. Vomitando bilis ácida y pegajosa. Vomitando sangre en una esquina de una concurrida calle donde los farsantes, fumadores y borrachos, abusan de las damas rendidas ante su perversa insistencia. El olor de la cloaca y el del vómito se fusionaban en una dulce fragancia, digna de una mugrienta vagina. Mareado por la pestilencia gateé, por el suelo adoquinado, repleto de burillas, caucho, orín de perro y mierdas de paloma, palpando las paredes en busca de algún saliente que me permitiera levantarme y distanciarme de mis desechos. Al fin lo encontré; el pantalón cagado de una joven vestida con tatuajes coloristas. Nunca imaginé que agradecería tanto la presencia de esos calzones de abuela. He de  confesar que sentí una devoción momentánea por ellos y su propietaria, pero, por causas ajenas a mi voluntad, no duró mucho; la chica pareció no entender la situación crítica en la que me hallaba y, enarbolando su bolso de cuero de cerdo, quiso alejarme de su culo. Que poco valoró mis atenciones hacia su escuálido trasero; nadie antes lo agarró con tanta rudeza como yo. Supongo que esperaría que le leyera una poesía que escribió Becquer inspirándose en su trajano. Aunque me inclino a pensar que ni lo conoce.

A trompicones logré escapar de las iras de aquella santa mujer y refugiarme, detrás de unos bancos cubiertos de verdín, del clan de amigas camorristas que le acompañaban. Noche estrellada la mía. Primero la pareja de capullos amigos de Eva; después salí con Eva; pero resulta que no porque dejó a Javi; me volví a declarar y no recibí una respuesta clara; y por último el oráculo de Delfos me lanzó sus predicciones y me regaló su boina. Solo faltaba que pillara el tétanos clavándome un hierro suelto del banco.

- Cerveza, beer, amigo... Cerveza, beer, amigo... Cerveza, beer, amigo... amigo... ¿hachís?

- ¡No coño! -le grité modulando la voz, intentando evitar que la turba sedienta de sangre que patrullaba la calle me descubriera.

- Malditos robots de los cojones - maldije cuando se fue a sacar su mercancía de entre unos arbustos secos.

Me levanté, me ajusté los pantalones y miré a lo largo de la calle para comprobar si se habían calmado los ánimos. Todo parecía retornar a su anormalidad: la vecina del 3º2ª del 29 jadeaba fingiendo como una fulana barata, su novio nos anunciaba su corrida, tras 20 sacudidas, con un gran oooooooooh; la vieja del 1º1ª del 18, como buena guardiana del castillo, arrojaba, por el matacán (balcón), improperios y cubos de agua a las hordas de hombres, de vejiga inquieta, que se colaban en el rellano; el músico noctámbulo del 2º2ª del  15 nos deleitaba con el armonioso sonido de la trompeta desafinada que apenas sabía tocar; en las puertas de los bares se concentraban los fumadores, y algún despistado que pretendía fumar, para iniciar el proceso del cortejo: muestra del género, palabrería barata y aguardar, resignados, que la mujer imponga sus condiciones. Hechos normales en nuestra realidad desvirtuada por mensajes engañosos, conceptos erróneos y mentalistas de poca monta. Cada persona, en aquella calle, representando, su papel impuesto, por él mismo o por el ojo ciego que controla nuestros pensamientos, pretendiendo ser lo que no son. Porque creen que la única manera de ser alguien es ser alguien otro. Nos comportamos ante la libertad como con el anciano ante la muerte; nos aterroriza el no poder controlar lo que sucederá después de dar el gran salto. La única persona libre que osó poner un pie en la calle fue un hombre, menudo y desgarbado, con una barba mugrienta y una coleta aceitosa, con unas gafas de sol que le tapaban los ojos,  pantalones recortados por los bajos y chirucas agujereadas, que se paseó dando palmas, de una forma arrítmica y estridente, y saludando a los jóvenes que se cruzaban con él. El cambio brusco de la arbitraria rutina no complació a la mayoría que, democráticamente, optó por lincharlo a cuchicheos, insultos y olvido. El peculiar personaje ni se inmutó y redobló sus esfuerzos; las palmas aumentaron en intensidad y sonoridad haciendo salir, de sus madrigueras, a los vecinos, lobotomizados por el televisor, para distraerse con aquel loco.

El mareo no cesaba, no obstante, podía desplazarme, sin arrastrarme, hasta el bar más cercano. Cuando pretendía alejarme de Eva resultaba que me acercaba, inexorablemente, hacia ella. Era el bareto al que solíamos ir con los amigos heavys de Eva. Perdón, amigos no sería la palabra adecuada; mejor definirlos como: buitres ebrios. Lo solía comentar a Eva pero ella se había dado cuenta mucho antes y me despachaba con:" no quiero cerrarme puertas". Ah, la cerrazón me nublaba la mente. Conociendo su gusto por las melenas y su entrada triunfante, en los inicios acompañada por mí y relegado a un segundo plano a medida que su popularidad crecía, en ese mundillo no me sorprendía. Ni tampoco que tuviera un rollo con un amigo mío que nos acabó abandonando en un orfanato de parejas. Pacientemente aguardaba mi oportunidad. Nuestros sábados a solas conversando sobre nuestras alegrías y nuestras penas era una recompensa por la que merecía sufrir. Sus amigos heavys se consideraban competidores, y veían en mi uno en potencia. Con dos cubatas acababan hablando de sus hazañas sexuales, todas falsas porque las chicas con quien, supuestamente, lo hacían siempre gemían sólo metérsela y, como en una porno, les gritaban desquiciadas de placer: "¡OH, QUE POLLÓN!" o "¡ERES EL MEJOR TIO QUE ME HA FOLLADO!". Las frases las repetían, invariablemente, cada una de las mujeres con las que habían compartido lecho. Yo, prudente, me reía discretamente hasta que no resistía y les preguntaba si también les gritaban que no habían sentido lo que era un orgasmo hasta ellos o les explicaba que si sangraban es que eran vírgenes. Evitaban contestarme enfureciéndose, haciéndose los ofendidos o retándome a una partida al futbolín. Aceptaba con la única condición de que Eva fuera mi pareja. Eludiendo las razones obvias de mi elección, se daba el caso de que Eva era una delantera formidable y yo un portero contundente; tándem imbatible. Nos pasábamos horas jugando sin poner un euro; los dos juntos luchando por un objetivo común. Era una pequeña anécdota, inmersa en la globalidad de una vida sin alicientes, que me colmaba de felicidad los días en que jugábamos.

Los habituales no faltaron a la cita de los sábados: apalancados en los bancos del fondo los trues, los ortodoxos de la tribu, con las chupas tejanas recubiertas de parches de los grupos míticos del heavy clásico (Iron Maiden, Metallica, Slayer...); en las mesas centrales los petados del cubo; a su lado, en la penumbra, las nuevas generaciones, viveros de granos de pus y espinillas, aficionados a sonidos nuevos y "experimentales" como Slipknot, tomaban refrescos mientras sacaban a escondidas la botella de wiski; en la barra, los veteranos calvetes, que ya eran heavys cuando se extinguieron los góticos. Todos ellos amenizados con las canciones pinchadas por el dj residente de nombre desconocido y apodado, entre la concurrencia, David Guetta. Me posicioné en la barra y saqué la cartera del bolsillo del pantalón para tener el dinero apunto para pagar. El camarero me vio y se acercó.

- ¿Qué te pongo?

- Una jarra.

La rellenó hasta que se derramó, pringando su mano. Me la dió y pidió el dinero:

-  2,5 euros.

- Antes valía 2 euros -protesté.

- Hijo, ha subido el IVA -se justificó.

- Pues en cago en Rajoy, en la Merkel y en la familia Romanov.

- Jajaahjaj... -se atragantó con un pollo- sí que son unos hijo puta. Cualquier día los pillamos a solas y les damos candela, eh.

Al cabrón del propietario del bar también deberían dársela por explotaros, inflar los precios y forrarse a costa nuestra, pensé mientras me dirigía a mi rincón alejado de los focos. La puerta de la entrada se abrió rechinando y aparecieron mi querida tatuada y un tipo, con tupe y camisa a cuadros, que, la sujetaba por la cintura, aparentaba ser su última compra en las rebajas. La fragancia de la colonia del maniquí mezclada con la mugre de una semana que le envolvía la piel se dispersó por el garito, apestándolo, e irritando más de una garganta con debilidad por el gargajo. Un escupitajo fue directo a mí pantalón, a la altura de la rodilla. Me harté:

- ¡Gilipollas!

- ¿Qué has dicho? - me increpó un (tipo), con los dientes negros, color que combinaba con sus greñas y el rasurado de sus sienes, mientras dejaba la jarra de cerveza sobre la mesa.

- Discúlpate gilipollas -le repetí con vehemencia.

- ¡Cómeme las pelotas! -me sugirió amablemente.

Me desabroché los botones de la bragueta, saqué mi polla y apunté hacia la jarra de cerveza que él había puesto en la mesa unos instantes antes. Sin titubear la meada brotó como un manantial y con gran precisión lleno la jarra; el chorro dorado completó el ciclo. El paradigma del panteísmo.

- ¡Jodido pirado! ¡Tú te lo has buscado! -dijo avalanzandose sobre mi.

Me dio tiempo a abrocharme el botón superior del pantalón y a protegerme la cara con las manos. Me atizó un puñetazo, duro, en la mandíbula y le siguió otro dirigido al pómulo derecho que me hizo tambalearme. Se armó mucho jaleo a nuestro alrededor y el camarero sacó la cabeza por allí intentando enterarse de lo que sucedía. En cuanto lo advirtió me agarró por la espalda y me echó del local. Recuerdo que durante el trayecto me vibraban los cojones y creí estar al borde de la muerte. Una vez fuera, desplazándome sin rumbo, me los palpé y percibí un bulto rectangular; el puto móvil. Volvió a vibrar. Era Eva:

- ¡Max!¡Max!¡MAX! Ayúdame... Un hombre... No entra la llave.

Me costaba entenderla.

- ¿Estás borracha?

- No, bueno un poco. No sé. Venme a buscar.

- ¿Donde estás?

- En el portal de mi piso.

- ¿Me tomas el pelo?

- No

Colgó. Eché a correr por la calle Robespierre como un carterista perseguido por la policía. Crucé varios semáforos en rojo, sin detenerme, hasta la esquina con Marat, donde torcí a la derecha. El camión de la basura, que bloqueaba el paso, me obligó a cortar en seco la carrera emprendida unos callejones por encima. Los barrenderos acercaban los containers a la parte trasera del camión y el conductor pulsaba el botón que los agarraba y los vaciaba en su interior. Aguardé a que concluyeran y continué corriendo con una mano en la mandíbula. Las campanas de la iglesia de San Basilio tocaron las 4 de la madrugada. Tras de mi un manguerazo se llevo a la cloaca los restos de basura que aun quedaban diseminados por el suelo. Retomé el ritmo hasta que, en la callejuela donde se reunían las putas para chupársela a los clientes, divisé la luz de navidad en forma de corazón que se encendía todas las noches del año. Tanto simbolismo baratejo era digno de un churrero de bestsellers. Un joven caminando solo a aquellas horas en ese lugar era un reclamo para las fulanas que aún no se habían arrodillado. Todas las miradas suspicaces y provocativas me perseguían a lo largo del camino. Una puta negra -prostituta de color para los correctos; sin especificar, tanto puede ser roja como verde- con la cara hinchada, los pechos desbordándose por encima del sujetador y la celulitis insinuándose alegremente bajo su minifalda, me llamó:

- ¡Oye guapetón!

Me hice el sordo y aceleré el paso.

- Te la chupo por 20 y te follo por 45. Precio especial para ti. -me ofreció justo cuando caminaba por su lado.

- Joder con la inflación -exclamé-. No, gracias.

- Tú te lo pierdes. No encontrarás una lengua y un coño como el mío en toda la ciudad -dijo retornando a la esquina.

- Estoy completamente seguro de eso.

Al girar vislumbré a Eva recostada en la puerta de su piso. Un hombre me sorprendió por su vestimenta propia de invierno: un gorro de lana calado hasta las cejas, anorak de plumas y pantalones de terciopelo. Con las manos en los bolsillos observaba a Eva con gesto lascivo. Poco después se bajó la bragueta de donde sacó una ridícula polla que empezó a menearse; el muy desgraciado se masturbaba con Eva. Lo que me faltaba. Sin tiempo para pensar fui directo hacia Eva, le cogí las llaves del bolso, la agarré en brazos y la sostuve hasta que nos metimos en el angosto rellano. La cara desencajada, el maquillaje corrido que le manchaba los pómulos y una mueca que pretendía asemejarse a una sonrisa le conferían una imagen patética. Entreabrió los ojos y con un hilo de voz me preguntó:

- ¿Max eres tú?

 - Sí, soy yo.

- ¿Estás enfadado conmigo?

- ¿Porqué tendría que estarlo? -ironicé-. Eso no importa ahora. ¿Puedes levantarte y caminar?

- Creo que no, estoy demasiado cansada por el ajetreo de hoy -dijo intentando levantarse ayudándose de la barandilla de la escalera.

- Entonces te subiré en brazos. Agárrate fuerte.

La cogí en brazos y ella paso los suyos por detrás de mí cuello. Al estar nuestras caras pegadas descubrió la inflamación, producida por el puñetazo que me había propinado el cafre del bar, y me preguntó:

- ¿Quién te ha hecho esto?

- Yo también he tenido un día ajetreado como el tuyo -bromeé.

Las escaleras eran tan estrechas que tuve que subirlas de costado. A pesar del deterioro en las facciones de la cara todavía conservaba la pureza e inocencia infantil; característica en ella. Alcanzamos el 2º2ª. Le pregunté cual era la llave, abrí la puerta y dejé a Eva estirada en la cama. Fui a la cocina, donde me recibió, desperezándose, el gato siamés de Eva, a buscar en la nevera algo de beber. Solamente tenía bebidas que aseguran hacerte cagar mejor y una lata de cerveza. Cogí la lata y volví a la habitación. La luz del escritorio estaba prendida. Metí la cabeza por el hueco de la puerta y vi a Eva, de espaldas, quitándose la ropa y poniéndose una camiseta larga y ancha y un culote de encaje negro y con transparencias. Poseía un culo delicioso; daban ganas de mordisquearlo hasta la extenuación. Qué decir de sus pies tan bien formados. Y su espalda, de línea sinuosa y sugerente que se perdía en la redondez de sus nalgas. Su desnudo me excitó sobremanera produciendo que mí polla se pusiera firme como una viga de acero. Me la toqué, como el pervertido de abajo, hasta que Eva se metió en la cama y, entonces, me adentré en la habitación, como si nada, bebiendo a morro de la lata. Encendí el portátil que tenía encima del escritorio y, desde internet, reproduje la canción Tomhet de Burzum. Necesitaba relajarme y transportarme a un mundo etéreo. En cuanto sonaron las primeras notas me senté al lado de Eva, que se hallaba acurrucada en la cama, posé mí mano sobre su cabeza y la deslicé perdiéndome entre los suaves cabellos castaños. Posteriormente fui recorriendo con la yema de los dedos cada una de los poros de su cara. Eva, por su parte, me acariciaba la espalda y yo ronroneaba como Koshka: el gato de Eva. Las caricias combinadas con la flauta que aparecía en la canción nos produjeron un estado entre paz interior y letargo. Eva me cogió la mano y entrelazó sus dedos con los míos. Al contemplarla un sentimiento alegre y tierno lleno mí interior.

- Max -dijo Eva.

- ¿Si?

- Has estado tan pendiente en conocerte que has olvidado como relacionarte con los demás -dijo en un ataque de lucidez preludio del sueño.

- Posiblemente -me limité a responder.

- Abrázame -dijo, Eva, apartando las sábanas.

Obedecí sin oponer resistencia; era el momento adecuado para abandonar mí frialdad habitual y demostrar el amor que sentía por ella. Me descalcé, me quité los pantalones y la camiseta sudada y me metí desnudo bajo las sábanas con Eva. Le abracé pegándome a ella tanto como pude y, tras cierta indecisión, le besé con todas mis fuerzas. Ella respondió con la misma intensidad unos segundos pero el cansancio y la música pudieron con ella y se durmió abrazándome. Una brisa de aire que se coló por la ventana del comedor pudo conmigo y también sucumbí ante el sueño.

No dormí mucho. Un gritó desgarrador me despertó:

- ¡Max! ¡No me abandones! ¡Max!

- ¡Eva! ¿Que te sucede? -le dije agitándola como una muñeca de plástico.

Se despertó desorientada, mirando a su alrededor sin saber con quien estaba. Le cogí la cara y le miré fíjamente.

- Tranquila. Estoy aquí, contigo -dije, intentándola calmar.

- Prométeme que no me dejarás ¡Prométemeló! -imploró en un grito, si cabe, más desgarrador que el anterior.

- Te lo prometo ¿Porqué gritabas?

- He tenido una pesadilla. Vivíamos los dos solos en un ático de una ciudad desconocida. Tú estabas pintando un cuadro y yo, de pie y desnuda, te servía de modelo; era tu musa. Tenía la sensación de que éramos felices los dos juntos viviendo de aquella manera. Pero el timbre sonaba y aparecían dos de tus amigos y se te llevaban de mí lado con la excusa de que les acompañaras a la fiesta que organizaba uno de ellos. Cuando te ibas con ellos me dejabas tirada en el estudio y encima te llevabas la luz contigo. Todas las bombillas estallaban y las persianas de las ventanas descendían hasta ocultar cualquier atibo de rayo del sol. Te pedía, a gritos, que volvieras y tú hacías caso omiso a los gritos; como si no te importara abandonarme. Me quedaba completamente a oscuras. No se el tiempo que transcurría entre que marchabas y tus amigos volvían, riendo, sin ti. Les preguntaba por ti y me respondían que te habías caído dentro de una alcantarilla y que posiblemente estuvieras muerto. Me abalanzaba sobre ellos pero desaparecían como si jamás hubieran existido. Al instante me encontraba sentada en el asiento del copiloto de un descapotable rojo conducido por un maniquí coronado por un sombrero de copa. Corría tanto que me era imposible discernir las calles por las que conducía. A pesar de la velocidad te veía; cogido de la mano con otra chica. Pensaba que era una cualquiera y te lo decía desde el coche. Tú me escuchabas desde la acera y me contestabas que era mucho mejor que yo. Me dolía en el alma tu respuesta. El sentimiento de despecho y venganza me carcomía por dentro. Sin percatarme el maniquí me indicaba, con el dedo índice, la guantera. La abría y aparecía un revolver. No he disparado nunca uno pero en el sueño notaba como si el revolver fuera una extensión de mí brazo. Me aseguraba de que el tambor estuviera cargado y apuntaba al pecho de la chica. Sonaba un disparo y ella desapareció, como tus amigos. No dudaba y apuntaba a tu cabeza. Un disparo seco lanzaba la bala que recorría, en centésimas, la distancia que nos separaba. Te di en el ojo izquierdo pero tú no desaparecías. Eras real. La sangre brotaba de la cuenca de tu ojo. Al percatarme de lo que acababa de hacer me tiraba del coche en marcha e iba a ayudarte. No quería creer que estuvieras muerto. Tu ojo derecho seguía abriéndose y cerrándose. En cuanto me viste te levantaste y echaste a correr dejando un rastro de sangre detrás de tí. A pesar de que te perseguía esprintando cada vez te alejabas más. Te llamaba: ¡Max! ¡No me abandones! ¡Max! Y no recuerdo como continuaba porque, por suerte, me has despertado.

Me abrazó y se echó a llorar. Entre sollozos repetía:

- Te he matado. Max, te he matado.

- Sólo era un sueño -intentaba consolarla-. No pasa nada, ahora estás aquí, conmigo. Mírame con tus preciosos ojos. Tócame, compruébalo... Somos reales y estamos los dos juntos.

- No quiero perderte nunca. Lo eres todo para mí. Con cada gesto, con cada palabra me convences de que eres la persona que siempre he anhelado encontrar, caminando sola por las calles en un día de tormenta, leyendo refugiado bajo el amparo de un balcón;aguardando a que la lluvia cese.

Guardé silencio. No sabía como calmarla. Esta era otra cara, oculta, de Eva que todavía debía descifrar. Una frase ingeniosa quizás hubiera ayudado pero yo no soy uno de esos profesionales de la frase celebre. Me limité a arroparla en mí pecho. El sueño que me había relatado resultaba inquietante. Otro grano que se añadía a un culo con almorranas. Continuamos abrazados largo rato hasta que Eva se calmó. Entonces; me besó con una pasión desatada, parecía que el sueño la había recuperada del estado de debilidad con la que la encontré unas horas antes en el portal. Jugueteaba enroscando su lengua con la mía y con sus labios intentaba aprisionarla en su boca. Con sus dedos de pianista recorrí el cuello y la nuca y se recreaba tocándome los lóbulos de la oreja. Yo no me quedé quieto; le besé con lujuria el cuello y después mí lengua se deshizo en sus orejas y mí voz se perdió en su tímpanos. Sentía el calor de nuestros cuerpos en aumento y las palpitaciones de los corazones desbocadas, como un caballo sin riendas. La polla no tardó mucho en ponerse a tono; podía cortar paredes con ella de lo dura que estaba. Perdí totalmente el control de mi yo racional y me abandoné a los instintos. Eva proseguía con los besos y las caricias pero yo me salté varios pasos y colé la mano bajo su culot. Quería follármela, sin contemplaciones, de todas las maneras posibles, hasta que reventáramos como conejos en celo. Me recreé pasando la mano por encima de su pelo púbico bien recortado y que tanta gracia me había hecho la primera vez que lo descubrí. Con sigilo el dedo corazón fue inspeccionando los alrededores y halló la piedra filosofal; el clítoris. Me excité mucho al comprobar que el coño de Eva ya lubricaba antes de que lo tocara. Suavemente fui moviendo el dedo hacia arriba y hacia bajo. Eva me arañaba la espalda, me mordía la oreja y gemía en ella palabras indecentes.

- Ves más despacio -musitó en un gemido.

Al escucharla todavía tuve más ganas de follármela salvajemente, aunque tuviera que hacerlo en el techo y del revés. El dedo corazón se internó en su húmeda vagina y el pulgar le relevó en su sagrada misión de estimular el clítoris. Eva se dejó de juegos y descendió, recorriendo, lentamente, mí pecho con la lengua, hasta el capullo rosado que despuntaba. Primero me aprisionó el nabo con una mano y fue bombeándolo con delicadeza; mimándolo. Después acercó la boca y lo besó, recreándose en cada uno, como si fuera el último beso que fuera a darle. Su melena reposaba en mí barriga y me producía unas cosquillas que, combinadas con el placer que me ofrecía Eva con su boca, me hicieron estremecer. Contrariamente a lo esperado la furia animal que sentía fue apaciguándose con el saber hacer de Eva. El sexo ya no era la única idea unidireccional que regía mi mente. El amor hacia Eva logró fusionarse con el sexo convirtiéndolo  en un pensamiento en espiral que abarcaba todos los rincones de mi cerebro. Me aparté, le quité con los dientes el culote a Eva e hice que pusiera su coño en mi cara. Curtida como era captó la idea y la mamada siguió su curso mientras yo me perdía en los recovecos de aquel placer que unos meses antes tenía casi olvidados. Koshak se paseó, con paso ligero, por nuestro lado con total indeferencia, buscando el ratón de juguete con el que se entretenía. Con la lengua alternaba incursiones en la vagina y rápidos movimientos en espiral sobre el clítoris. La polla me iba a estallar de tanta succión. Eva quitó su coño de mí cara y se lo posicionó rozándome el capullo. Me miraba con una mezcla de lascivia y ternura; resultaba muy provocadora. Quería metérsela lo antes posible pero tenía algo que decirme:

- Aunque lo he hecho con más chicos y recientemente contigo quiero que sepas que lo voy a considerar mí primera vez.

¿Era una muestra de su amor o quería redimirse del asesinato onírico? No quería saberlo. Solamente quería desvirgarla de una puta vez. Y así lo hice. Le cogí del brazo y la puse de cara a la pared de la que colgaba un cuadro, de una mujer desnuda, que un tiracañas de la universidad le regaló unos años atrás. Aquella mujer abotargada de moqueta en el pubis no resistía la comparación con el cuerpo y el chocho abierto que aguardaba con ansias la primera embestida. Me pegué al culo de Eva y, cuando tuve la polla situada entre sus labios vaginales, fui metiéndola despacio; saboreando las paredes que me acogían. Eva lanzó un grito de dolor que fue sofocado por unos tímidos gemidos. Cuando mi polla fue engullida dentro de su coño me mantuve quieto mientras le agarraba los tersos pechos y manoseaba con los puntiagudos pezones. Acorralada entre la pared y mi cuerpo sudoroso Eva inició unos leves movimientos de cadera para engrasarme el cimbrel y sentirlo en su plenitud a lo que respondí sujetándole la cadera y embistiéndola de una forma progresiva. Si trataba de zafarse de mís manos descendía con una de ellas a su clítoris y, mientras le sacudía con intensidad, se lo masajeaba lentamente hasta que se le doblaban las piernas y se rendía girando la cabeza para mirarme y suplicarme que parara de tocárselo. El culo prieto, las piernas juntas y el coño contraído era una combinación explosiva que amenazaba con provocar que me corriera de un instante a otro. Opté por embestir con rudeza y sacar la polla pringosa del coño de Eva para, así, evitar que me corriera y finalizara aquel ritual místico. Le abracé por la espalda mientras le besaba la oreja y al boca. De nuevo nos situamos, de pie, cara a cara. Me sorprendió gratamente que Eva exteriorizara, sin tapujos, con un sonrisa, la felicidad que sentía; me reconfortó conocer sus sentimientos. Me abrazó por la cintura y arqueé las piernas para colocar nuestras caderas a la misma altura. Eva abrió las piernas dejándome el espacio justo para que pudiera adentrarme, de nuevo, en su interior. En esa posición duraba poco y Eva se percató por mí respiración cada vez más acelerada y los ojos perdidos en el infinito. Lentamente me condujo a la cama donde nos revolcamos rodando de un lado para otro y caímos, armando un gran revuelo, al suelo de la habitación. Puesta en cuclillas Eva me agarró la polla, la direccionó hacia su coño y se dispuso a cabalgarla como una amazona desbocada. El coño bien lubricado, en proceso de amoldarse a las dimensiones del pene, no opuso demasiada resistencia a que lo penetraran. Eva buscaba en mis gestos un signo de aprobación y lo encontró al verme con la cabeza apoyada en el colchón y la cara desfigurada por el placer que me producían sus acometidas y los delicados movimientos centrados exclusivamente en la punta de la polla. Había detectado un punto débil y lo estaba explotando a la perfección. Iba alternando delicadas sacudidas y prolongados morreos con salvajes meneos de las caderas y la barriga como si estuviera bailando la danza del vientre. Era una maquina de follar. El sonido del cascabel, que tenía incorporado el ratón de juguete en su interior, resonaba por el pasillo cuando Koshak jugaba con él mientras el la habitación el crujir de las maderas de la cama, la atmosfera cargada de olor sexo, las caricias y los besos  auguraban el inminente final. Eva se estiró sobre mí, uniendo nuestros cuerpos, y pegó su boca en mi oreja. Oía los gemidos martilleándome la mente, notaba la piel de gallina de Eva sobre mi pecho y mi polla apunto de disparar el semen que tenía acumulado en los huevos. Creí que moriría de placer. Eva me asestó el golpe final a modo de suspiro revelador:

- Te amo Max.

- Te amo Eva.

En cuanto terminé de pronunciar su nombre la besé amorosamente y me corrí; llenándole el útero de lefa.

miércoles, 26 de septiembre de 2012

Caídos en ríos



- ¡No soy tu perro!- ladré con gesto amenazador.

- ¿Qué le pasa? -oí que le preguntaba, con desagrado, Javi a Eva.

- Se ha enfadado con su novia. -dijo Eva sin darle demasiada importancia a las palabras de Javi.

- ¿Desde cuando Carlos tiene novia?

- Hace unas semanas que empezaron a salir.

A lo largo de la conversación Eva fue alejándose de Javi y subió corriendo las escaleras hasta que pronunció la última frase dos escalones por debajo de donde me hallaba sentado, abstraído, releyendo el papel, escrito a mano, que acababa de encontrar. En cuanto me percaté de su presencia me levanté y le grité:

- ¡Ya voy!

Me sobrevino la percepción de haber vivido aquella escena en otra ocasión; me era demasiado familiar. Justo cuando pasaba por su lado, Eva, murmuró entre dientes algo intrigante:

- Ya hablaremos...

-¡Y tanto! ¿Hablaremos de Kitty y Levin? ¡No! Hablaremos de toreros y folclóricas -dije con desprecio.

No me contestó. Se quedó apoyada en un banco como encajando el golpe hasta que recobró el aliento y bajó precipitadamente por las escaleras a nuestro encuentro. La sala se había vaciado poco a poco. Exceptuando a los músicos que guardaban sus instrumentos, a una familia ociosa, que cuchicheaba y cuyo hijo nos señalaba con el dedo índice, y a nosotros tres, las otras personas ya se dirigían, satisfechas, camino de sus casas o alargaban la velada en otro local. El guardia de seguridad apareció, repiqueteando las llaves que le colgaban del cinturón que amarraba su traje negro, para avisarnos de que el museo iba a cerrar en breves minutos y debíamos abandonarlo lo antes posible. Le hicimos caso y nos fuimos al guardarropa a recoger el bolso de Eva y mi mochila.

Hasta el guardarropa nos separaba el amplio y luminoso salón que nos había recibido hace unas horas y que ahora se encontraba lejos de su esplendor inicial debido a la pobre iluminación que alumbraba poco más que las columnas de mármol de la nave central. En el ropero una empleada, con cara de malas pulgas, nos entregó el bolso y la mochila, y, bajó la persiana provocando un gran estruendo para que nos percatáramos de su enfado. Las luces se fueron apagando poco a poco dejándonos casi en la total oscuridad. Aquel era un día de contrastes y todavía desconocíamos lo que nos deparaba el futuro inmediato; pobres incautos. Eva no me había dirigido la palabra desde mi exabrupto y cuando volvió a hacerlo fue únicamente para decirme:

- Max, dejanos solos.

Sus palabras sonaron firmes y contundentes, y, vinieron acompañadas por una cara seria, casi solemne. No me atreví a contestar; calle y acaté. Pese a que no reconocía a Eva, tal vez por eso, no iba a darme por vencido tan fácilmente. Recogí mi mochila a toda prisa y me fui sin despedirme procurando no chocar con las paredes. Completé el recorrido hasta la salida, haciendo el mayor ruido posible para que me escucharan y pensaran que estaban solos, pero volví descalzo y de cuclillas al ropero. Me coloqué bien agazapado detrás de una columna y agudicé el oído para captar todo al detalle. Cualquiera que me hubiera visto pensaría que era un depravado sexual con alguna especie de fetiche por las columnas y me hubiera denunciado a la policía. Mi única defensa sería puntualizar que yo era fiel a las columnas dóricas, las otras no me atraían lo más mínimo.

La voz de Eva, autoritaria y segura, resonaba en el ropero y se expandía a lo largo y ancho del vestíbulo. Me sequé el sudor de la frente con la camiseta y escuché:

- ¿Que te pasa cariño? -dijo Javi en actitud conciliadora.

- Ya lo debes saber - Eva hizo una pausa tensa y retomó su discurso-. LLevamos meses discutiendo un día tras otro -de nuevo otra pausa-. Lo nuestro no va a mejorar... Tendríamos que...

- Se informa a los visitantes que el museo cerrará en breve - interrumpió una voz metálica que surgía desde las profundidades de las tinieblas.

Calló y reinó el silencio en aquel ambiente opaco y sofocante que me envolvía y que confería a los bustos colgados de las paredes y las estatuas dispersas por la sala un aspecto difuso y fantasmal. Maldije la información, del todo innecesaria, porque la negrura latente hacía evidente que iban a cerrar, si no lo habían hecho ya, que me impidió escuchar las palabras que Eva había dirigido a Javi. Con el oído al acecho fijé la vista en un busto de un calvo ilustre que me escudriñaba con sus ojos de forma amenazadora, como si reprobara mi actitud pueril. Mirara donde mirara las siluetas se alzaban sin un contorno definido uniéndose a las sombras, formando espirales, escondiéndose y acercándose, inexorablemente, a cada parpadeo; como si jugaramos a un juego enloquecedor. Estaba aterrado y perdido en un bosque repleto de árboles de piedra. Atenazado por las figuras danzantes una palabra de Javi (quien lo diría) me liberó:

- ¿Dejarlo?

No pensé en el significado y las implicaciones que comportaba el "dejarlo", simplemente giré la cabeza y, en cuanto divisé la luz anaranjada de las farolas que se filtraba por la inmensa cristalera de la entrada, me lancé, sin importarme que me oyeran, a la carrera como un galgo persiguiendo a su presa. En cuanto mi cabeza emergió al exterior cerré los ojos, respire aliviado y en último esfuerzo me estiré en unas escaleras de piedra transformadas en un banco improvisado. Sentía un cansancio atroz y las piernas me temblaban como si acabara de completar la maratón. Mi olor corporal lo confirmaba. La atmosfera seguía estando cargada y sucia pero la frialdad pasajera de la piedra imprimía la ilusión de una cierta libertad; vigilada. Estirado sobre la losa contemplaba las cuatro estrellas que destacaban en el firmamento y buscaba con empeño las que se habían extraviado o permanecían ocultas a causa del brillo de la luz artificial. Una ráfaga de viento cálido recorrió mi frente y se evaporó junto a una sombra escaleras abajo.

- Se va a matar - dijo alguien a mi espalda.

Erguí la cabeza y busqué más allá de la fuente a la figura de la que hablaban. Divisé una espalda encorvada huyendo por una calle lateral sin apenas transeúntes. Uno de mis acompañantes ocasionales recibió un watsap y no perdió la ocasión para hacérselo saber a su amigo.

-¡Tío, tío! Mira lo que me pone -le dijo mientras le pasaba el móvil a su compañero.

- Puf, va muy taja - confirmó el doctor. ¡Te lo está pidiendo! Ahora es el mejor momento para ir a por ella -recetó.

Me olvide de los dos cazadores exhibiendo sus piezas de caza y volví a la posición horizontal en la que me encontraba antes de su inoportuna interrupción. La sonrisa de Javi devoraba mi cerebro y su "dejarlo" sacudía mis frágiles cimientos. Empezaba a tomar consciencia de lo que había sucedido allí dentro mientras nos absorbía la negrura y las voces iban apagándose. Eva había dejado a Javi. No cabía duda porque era imposible que Javi, con lo enamorado que estaba y a pesar de que sospechara, dejara a Eva. Era comprensible que no quisiera; chicas como Eva no se suelen encontrarse de la noche a la mañana, y menos aun solteras y que deseen salir contigo. Él tuvo la suerte de que un amigo común los presentara en una fiesta de pijamas y de allí surgió el romance. Tampoco se mucho más porque Eva no hablaba demasiado de Javi, únicamente lo hacía cuando las cosas no funcionaban entre ellos. "Eva ha roto con él por...", y no me atreví a terminar lo que ya sabía.

Eché un vistazo a la decadente ciudad, donde el tiempo no reflexiona, y retomé mis pensamientos.¿Cuantas veces había vivido esta situación a su lado? Tres novios la conquistaron y la olvidaron al cabo de los años. Pasaba las noches entre los brazos de desconocidos para protegerse de sus miedos y encontrar un remanso donde sentir una pizca de cariño. Nunca me lo ha confesado pero estoy seguro de que el sexo es su particular manera de acercarse a los hombres y así hallar el referente de un padre. Su verdadero progenitor apenas se preocupaba de ella y de su madre; prefería beber hasta vomitar en un bar chino de un barrio de mala muerte y cuando cerraban visitaba un local de lumis para gastarse lo poco que tenía en la cuenta corriente. Cuando Eva tenía 11 años la situación se tornó insostenible y su madre pidió el divorcio y la custodia. La jueza al comprobar la rutina de su padre no titubeo y lo sentenció con la perdida de la custodia y a pagar cada mes cierta cantidad de dinero a la madre de Eva. Cumplió religiosamente los primeros meses pero paulatinamente fue ingresando una suma menor hasta que no ingresó ni un duro. Esta era la historia inventada sobre el padre desalmado de Eva, con la que dramatizábamos delante de desconocidos. Pero la realidad era esta: Eva no mantenía una buena relación con sus padres porque estos se dedicaban en exclusiva al trabajo en el hospital y en su consulta privada y se olvidaban de ella por completo.

Durante la primaria Eva no se relacionaba, a excepción de una chica, con ninguno de sus compañeros. Iba a clase; se sentaba en su pupitre y miraba fijamente con sus ojos caoba a la maestra y los alumnos. Cuando el último timbre sonaba recogía los libros y se marchaba a casa con la única amiga que tenía y que vivía a una calle por encima de la suya. Se encerraba en su cuarto donde, la mayor parte del tiempo, se abocaba al estudio, la lectura y a escuchar música. Transcurrieron los años y el periodo post-apocalíptico llamado adolescencia se presentó sin avisar. Hormonas, sangre concentrada, ídolos caídos, populares, horteradas varias y estupidez en grandes dosis se reunían en el colegio tomando posiciones para la lucha soterrada que iba a devenir a lo largo del curso. Eva hubiera preferido seguir siendo la chica introvertida y tímida que se sentaba al final de la clase y en la que nadie se fijaba pero se vio obligada a relacionarse para sobrevivir en aquella selva llena de primates en celo. Formó un pequeño grupo compuesto por 4 chicas y 2 chicos; bautizados por los envidiosos como maricones aunque uno de ellos salió con Eva; un mes. "Quien pudiera", pensó más de uno. Aquel grupo tan compacto en sus inicios fue agrietándose hasta que, al comenzar la universidad, se disolvió. Eva no se esforzó demasiado en conservarlo. Una vez, hablando de ellos dijo: "Eran buena gente... pero no me llenaban". Siempre le ha perseguido la tortura del vacío existencial y le ha sido imposible de henchir por más experiencias que vertiera en su interior.

No he recordado la universidad por casualidad. Allí Eva dio un paso al frente en todos los aspectos; en la facultad de historia del arte perdió la vergüenza, se relacionó con toda clase de personas y, finalmente, conoció a gran parte de sus actuales amigas y amigos; encontró un trabajo en una tienda de ropa para chonis y en cuanto ahorró cierta cantidad se fue a vivir, con unas compañeras de clase, a un piso del campus de la universidad y así no tener que dar explicaciones a sus padres. En la multitud de fiestas a las que asistía su autoestima crecía exponencialmente en relación con cada tio que la desnudaba con la mirada. Perdió su segunda virginidad con el primer novio serio con el que estaba; un tal Alberto con el que aguantó un año. Siempre me reía cuando decía lo de: "segunda virginidad". Coqueteó con ciertos grupos seudo mafiosos que pululan por la universidad pero al descubrir su funcionamiento piramidal se desencantó y los abandonó de inmediato. Al perder su inocencia infantil, resguardada bajo su sonrisa, desconfiaba de las personas que conocía y, a pesar de ser muy extrovertida, no mostraba ninguno de los rasgos íntimos de su personalidad ni exhibía sus gustos ni sus fobias; era la perfecta anfitriona.

Dio la casualidad que yo estudiaba historia en la misma facultad que ella y ahí es donde la conocí, concretamente en la biblioteca. Fue así: Mientras esperaba, balanceándome sobre la planta y la punta de los pies, a que la recepcionista me confirmara si les quedaba un libro, Eva pasó por mi lado. Lógicamente, en aquel momento, no sabía quien era, pero, ante tal belleza, no pude refrenar el enorme interés por conocerla. Disimuladamente la seguí con la mirada hasta que se perdió entre las hileras de estanterías. La encargada me avisó de que no lo tenían, que si quería podía guardármelo cuando lo tuviera. Tanto me daba. Sin contestarle me adentré en la biblioteca, con la imagen de Eva bien viva en la mente, dispuesto a encontrarla. Bajé una planta: nada. Subí a la primera y tras un paseó por los pasillos la vi sentada junto a la ventana, con unas hojas en blanco sobre la mesa solapadas por un libro abierto de par en par. A mi timidez innata se le añadió su portentosa presencia que me paralizó por completo y me impidió razonar con claridad. Estuve unos diez minutos moviéndome entre estanterías y mesas, como pollo sin cabeza, aguardando a que los nervios que me bloqueaban cedieran y pudiera sentarme delante de ella. Vencí mi propia resistencia y caminé apresuradamente hacia su mesa. A dos metros disminuí la marcha progresivamente hasta que me senté. Eva alzó la mirada y, al verme, sonrió con ironía. Me sentí rechazado al  instante, aunque, extrañamente, no desfallecí y proseguí con mi objetivo. Saqué los apuntes de la carpeta y hice ver que estudiaba como el más aplicado de los alumnos. Logré estructurar la pregunta: "¿Tienes un bolígrafo?" y obtuve una respuesta afirmativa y un bolígrafo como premio. No me aventuré a volver a dirigirle la palabra, a pesar de que surgieron las primeras miradas que fueron seguidas de leves sonrisas, hasta que ella hizo el ademán de recoger sus cosas y me lancé precipitadamente proponiéndole de ir a hacer un café en un bar cercano a la universidad. Dudó durante unos segundos y finalmente aceptó. La primera y única vez que una locura de ese calibre me ha salido bien. De la cita improvisada llegamos al día de hoy; 3 años de una intensidad feroz...

- ¿Qué piensas con esa cara tan triste? -preguntó, una presencia sentada a mi vera.

 - Que somos dos nostálgicos escudriñando en el pasado para tropezar con un resquicio de amor -le contesté con los ojos cerrados, rememorando mis anteriores pensamientos.

- ¿Lo encontraremos?

- No creo, tenemos puesta la atención en un pasado que arrastra consigo el dolor y la culpa perpetua y nos impide explorar el presente. Sería mejor abrir los ojos y toparnos cara a cara con la agradable e inesperada sorpresa del amor - concluí y abrí los ojos. Eva estaba a mi lado, como deseaba, deborándome con la mirada. Sus ojos llorosos y su cara enrojecida delataban el esfuerzo que hacia para evitar llorar.

Tras un breve silencio Eva dijo lacónicamente:

-Gracias. He de irme. Mantén los ojos cerrados.

Posó su suave mano en mi cabeza y deslizo sus dedos entre mis cabellos a la vez que su respiración agitada me advertía del acercamiento de su rostro. Sus labios salados y humedecidos por las lagrimas toparon con mi boca en un fugaz encuentro sin derecho a replica. Tan rápido como apareció el tacto carnoso de sus labios desapareció el aroma de Eva. Me incorporé y la contemple, mientras se alejaba en la penumbra, adentrándose en la ciudad.

Vuelta a la soledad de la noche... de mi vida. Me abstuve de tomar el mismo camino que Eva y preferí recorrer un sendero de tierra que se adentraba, entre arbustos y árboles, en el bosque. "¿Como había acabado así?¿Qué haría Eva?", me repetía constantemente, sin prestar atención a lo que me rodeaba, hasta que tropecé, con una rama atravesada en el camino, y caí, con las manos por delante, al suelo. Aturdido por el golpe me levanté, con un rasguño en la mano y las muñecas doloridas, y me desvié de la senda para perderme entre medio de los árboles. A cada paso oía el crujir de las ramas secas bajo mis pies y la presencia de unos ojos vigilandome. Me daba la vuelta y comprobaba que estaba equivocado. Seguía solo. Las espesas copas de los arboles impedían que la luz blanquecina de la luna se filtrara al interior del bosque. Andaba a tientas de tronco en tronco sin percartarme hacia donde me dirigía. Tras mucho caminar divisé, en lo alto de la ladera, lo que parecía un claro, donde la luna se exhibía en su desnudez. Subí la pendiente a cuatro patas, agarrándome a los arbustos, cuyas espinas se me clavaban en las palmas de las manos haciéndome sangrar, y, al alcanzar el llano me recliné sobre una áspera roca y contemplé el mar, difuminado en una desdibujada línea horizontal. Una figura borrosa y de silueta etérea, pero a la vez muy real, con el aspecto de las ninfas de los ríos, surgió de la espesura del bosque y, casi flotando, se posó, balanceándose, en las ramas de un pino que resistía estoicamente al borde de los acantilados. Le grité para avisarla del peligro:

- ¡Eeeeh!

No obtuve respuesta y volví a insistir.

- ¡Muchacha! Sal de ahí que es peligroso.

- Hablas como un viejo, como un dinosaurio -me contestó en un tono despreocupado.

- We are -repuse con una media sonrisa.

- ¿Qué es lo que buscas? -me preguntó volviéndose hacia mi.

-  Verdades. Pero solo hallo sospechas.

- Las grandes verdades son una gran sospecha -pronunció y juntó su manos entre sus piernas.

- ¿Como has llegado hasta ahí? -pregunté

- La gravedad y el miedo a volar es lo que te impide ascender -dijo con voz firme-. ¿Estás dejando pasar la vida o viviendola?

Preferí no responder.

- ¿Puedo preguntarte tu nombre?

- Relativista Dogmática -dijo, y sus ojos azules brillaron con claridad.

Se quitó la boina parisina que cubría su cabeza y me la entregó sin mediar palabra. Justo después se desvaneció.