martes, 27 de diciembre de 2011
sábado, 3 de diciembre de 2011
L.R.
"Va bien reír", musitó lánguidamente cuando creía estar solo en el dormitorio.Se giró de cara a la pared e intentó dormir. Con el rabillo del ojo controlaba en la oscuridad como me escurría dentro de la habitación y me sentaba en el borde de la cama. Mientras me desvestía le pregunte"¿ Qué decías?". "Nada", fue su lacónica respuesta. Al instante se removió por la cama hasta que sus pies chocaron contra mis piernas y todo volvió a permanecer en silencio. La luz de la cocina del quinto tercera se colaba por la ventana que daba al patio de luces e impedía que pudiera dormir. Algo me inquietaba. La causa no era ni el viaje que me esperaba en unas semanas ni la cita que la cita contigo y David. En esos momentos me producía un disgusto no poder saber que pensaba Javi.¿A que se debía su actitud? Preguntas y más preguntas me acechaban sin darme tregua hasta que decidí abrazarle y preguntarle"¿Qué piensas?" Se dio la vuelta hacia mi y me respondió algo dormido,"odio esa pregunta, no insistas con ella". La luz que se vertía por la ventana iluminaba el despertador que marcaba las 3:21. El vuelo salía en cuatro horas; a las 7:30. Empezaba a notar el cansancio acumulado a lo largo de la jornada y los parpados no resistían mucho rato abiertos pero luchaba para encontrar una fisura en su defensa. "Pues cuéntame que te pasa" le respondí. Él no dijo nada, dándome la espalda aparentaba estar durmiendo. Vencida ya por el sueño y por él me mantuve en un estado de letargo hasta que mis pies notaron el frío que se acomodaba en la habitación y tuve que levantarme a buscar una manta al armario. Él pareció sentir mi ausencia ya que recostó su pecho sobre la almohada y con los ojos entreabiertos supervisaba con desgana mis movimientos. De vuelta a la cama me acurruque entre sus acogedores brazos que me atrajeron hacia su suave torso."¿ Vendrás conmigo a ver a Oona y a David?" Le pregunté. Soltó una ruidosa carcajada y con el poco aire que aun retenían sus pulmones me contesto, "Menudo nombre el de tu amiga.¿Dónde lo buscaron sus padres? Le...
- Puedo comprobar que tu nuevo novio es otro típico gracioso de esos que tanto te gustan- le interrumpe Oona algo enojada.
- No le hagas mucho caso, es un creído pero no conoce absolutamente nada de lo que sucede a su alrededor. Sólo le preocupa su bolsillo, de ahí no lo sacarás. Pobre ingenuo- sonríe con malicia y suelta al aire la lisa melena castaña que hasta ahora permanecía recogida por una pinza negra.
- Esa sonrisa oculta tu culpa, confiesa, le dice. A lo lejos en el camino, escoltado por una hilera de álamos se divisa un joven de estatura media que anda deprisa, con las manos en los bolsillos, en dirección a la mesa donde se hayan. A unos pocos metros ya se distingue su flequillo engominado y doblado hacia atrás, su nariz obtusa y un cuerpo abombado debido a una chaqueta algo inflada.
- ¡David!, grita. Se levanta haciendo un gran ruido con la silla y sale disparada hacia él. Cuando llega a su altura le abraza con gran efusividad y le planta un par de besos en sendas mejillas con lo que con agrado él corresponde con otro par de besos. Las personas de alrededor asustadas por el ruido la miran de soslayo con rechazo y desagrado por su actitud escandalosa y siguen comiendo, bebiendo y compitiendo por ver quien alza más la voz. Unas palomas contemplan timoratas las migajas que caen de las mesas a la espera de poder aproximarse a recogerlas. David agarra una de las sillas que reposaban en un rincón y la acerca con cuidado hasta nuestra mesa. Antes de sentarse se aproxima a Oona y le da dos besos sin mucho ímpetu.
- Disculpad el retraso, no encontraba este lugar perdido aquí en medio de la nada. He ido preguntando a todo el que me encontraba y no les sonaba el nombre ni la descripción. La próxima vez escojo yo donde quedamos así no nos tiraremos media hora para llegar al sitio.
- Contempla la abrumadora nada, escucha el silencio que te ofrece su lado más comprensivo, palpa con tus pies las hojas secas recién caídas de los arboles que nos protegen, saborea la cerveza que te servirán en unos minutos...
- ¿De que hablabais?- Pregunta David, eludiendo las palabras que acaba de escuchar.
- De Carlos, mi novio. Le quería contar a Oona la razón por lo cual he sonreído cuando he hablado de él pero a ti no te interesará mucho ¿Verdad David?- Dice con complicidad.
- Creo que ya conozco la causa de tu sonrisa -contesta cáusticamente.- Hablemos de Eva y su novio de hace un mes. ¿Con este cuanto durará?
- ¡ Cuatro meses!- grita riendose.
- ¡Tres meses!- dice un osado vecino de mesa ayudado por el alcohol que poco después, como un gas hilarante, le provocará la risa.
- Yo os diré cuanto durarán. El oráculo de las madrugadas me lo ha revelado; ese que nunca falla. Parece buen chaval, se adapta a su mentalidad. Hay que observar como evolucionan pero este puede durar más; dos meses.- sentencia contundente e inamovible David.
- ¿Se adapta a su matraca?
- Sí, y a su simpleza. Ayer fuimos al cine a ver una película con cierto significado y sorprendentemente ella ha entendido bastante bien el argumento. El novio creo que no se ha enterado de nada; así que ya le va perfecto, contesta él.
Oona con la cabeza ladeada hace rato que ha olvidado la aburrida conversación y ha dejado libre su mente. Un perro de patas cortas y pelo enmarañado juguetea con la correa atada a la mesa hasta que consigue liberarse y empieza a perseguir, landrando incansablemente, a las palomas que ,asustadas, escapan volando. El cielo rojizo avisa a las farolas que se encienden poco a poco, con pereza por despertar. Sobre uno de los tapetes al lado del azúcar una vela se tambalea trémula dentro de un recipiente rojo que la asfixia. El perro calla.
- Tu siempre mirando a los lados Oona.¿ No nos escuchas?- pregunta David con enojo y cierto grado de grosería.
- ¿Sinceramente? No.-contesta secamente.- Todos acabáis hablando de lo mismo; que si amores, que si trabajo, que si estudios, que si familia... Pensando que vuestra verdad es la única que existe y es infalible. No hay verdad, tan sólo visiones subjetivas de múltiples realidades absurdas.Que grotescas las palabras que se desprenden de vuestras bocas; instrumentos que ya no definen nada.¿ Es que aquí nadie avanza? Me largo!- exclama Oona. Se levanta, recoge su abrigo y remueve en su bolso hasta encontrar el monedero de donde saca una moneda de dos euros que, sin mucho cuidado, deja caer sobre la mesa. Sin preocuparse por despedirse ni por el que dirán marcha serena por el camino recubierto de arenilla y hojas. Alumbrado por la luna plateada, en la lejanía, en lo alto del acantilado se alzan melancólicos, lánguidos y tristes los restos de las torres,que aun conservan alguna que otra almena y los muros, cubiertos por la hiedra, de un castillo que en sus años de esplendor dominaba con aplomo aquel recóndito paraje y que ahora resistía a duras penas los embates del voraz viento. Sus únicas y más fieles guardianes; las gaviotas y las nubes.
Bajo un esplendido arce de robusto tronco y hojas ruborizadas una muchedumbre entregada circunda un canoso poeta que recita los versos que se agolpan en su cabeza. Atraída por su voz firme y evocadora Oona se detiene a escuchar el siguiente poema que todos esperan con ansia."De Miguel Hernández", dice. El poeta bebe el agua que le ofrece una chica, carraspea, mira a los presentes penetrando en sus almas y con arte recita:
Cogedme, cogedme.
Dejadme, dejadme,
fieras, hombres, sombras,
soles,flores,mares.
Cogedme.
Dejadme.
El público rompe en ensordecedores aplausos que envuelven el bosque y crean un ambiente de hermandad entre los presentes, el poeta, el arce, la tierra húmeda... Admirados por la inefable belleza del poema guardan silencio mientras reflexionan sobre él. Aun con los últimos versos en la cabeza -"Cogedme. Dejadme."- Oona prosigue su recorrido por el camino que lleva al castillo hasta llegar a un desvió sin señalizar donde no hay camino, sólo una suave ladera manchada de verde y poblada de pinos que desemboca en una cala rodeada de acantilados. Cuando la pendiente no es muy pronunciada se estira sobre la hierba y se echa a rodar hasta que toma contacto con la arena y las piedras. La paz del mar en esa caleta contrasta con el estruendo que producen las agitadas olas al impactar contra los escarpados acantilados de la costa. Coge una piedra y la lanza, entre el vapor de agua que flota por toda la playa y refresca el ambiente tornándolo helado, en dirección al mar. Una silueta emerge ante sus ojos en la frontera entre la arena y el agua. Oona se dirige a donde está y se sienta a su lado. Debajo de la capucha puede ver unos ojos esmeralda encajados en lo queda de un ,antaño, hermoso rostro, ahora maltrecho por el tiempo pero sin haber perdido su encanto inicial en sus carnosos labios y sus alzados pómulos. Él se gira:
- ¿Te conozco? - pregunta curioso, sin maldad.
- Pues no -responde Oona.- He llegado no sé muy bien como hasta este rincón y lo último que esperaba era encontrar a alguien más por eso me he acercado hasta ti. ¿ Y tu quien eres?
- ¿Yo? Soy un escritor que no ha escrito nada- ríe al terminar la frase.
- ¿Todo esto que vemos, este recóndito lugar no lo describirá nadie?¿Por qué no lo escribes tú?- propone Oona.
- No dispongo de tiempo- contesta sucinto.
- Inténtalo, no pierdes nada por probar- le anima Oona.
- Te diré algo que nadie conoce y es la razón por la que no puedo describir este bonito paisaje ni escribir sobre ti y fantasear con como sería tu personalidad.- Guarda silencio.- Tengo cáncer terminal, me queda una semana- pronuncia sosegadamente-. Al oírlo todo se para; el mar ya no choca contra los acantilados, la luna no ilumina... Con el dedo indice surca en la arena un par de iniciales "L.R.". La mira con extraña seguridad,"este es mi primer y último escrito", parece querer expresar. Le sonríe y se marcha discretamente por la ladera desapareciendo entre la vegetación como un copo que impacta contra la imponente e inescrutable ventana de una cabaña en mitad de la implacable nevada.
jueves, 1 de diciembre de 2011
Ilusión - Robert Walser
Al menos poseía un mapa que colgaba en la pared de mi escritorio y sobre el cual podía, cuantas veces tuviera ganas, recorrer el ancho mundo con la punta de la nariz o del dedo. La enorme y dispersa Rusia me fascinaba ya como cuerpo. En el centro de aquel poderoso cuerpo, como un punto fijo, hermoso, íntegro, quedaba la ciudad de Moscú, plateada por la nieve. Tirados por alegres caballos, diminutos y graciosos trineos volaban sobre la nieve a través de las extrañas calles. Magníficas, las luces brillaban en las ventanas de los palacios principescos cuando empezaba a oscurecer, y era estupendo ver asomarse a ellas figuras femeninas en apariencia dulces y hermosas. Canciones, antiquísimas canciones rusas impregnadas de melancolía nacional empezaron a fascinarme con su embrujo sonoro. Entré en una casa de placer y pude mirar de hito en hito a esas altivas mujeres rusas. Sonreían, pero era una sonrisa indeciblemente despectiva, como si amaran y despreciaran a la vez aquella vida. Se interpretaron bailes maravillosos; pinturas de fabulosa belleza ornaban las paredes de los salones de arriba abajo. No vi casi nada innoble, ya fuera porque los ojos se me llenaron de lágrimas ante aquel encanto visible e invisible, ya porque me alentaba el prejuicio de encontrarlo todo bello. Me senté a una de las mesas, ricamente servidas, y aguardé lo que debía venir. Gente alta tocada con gorras empezó a servirme vinos; y de pronto avanzó hacia mí una dama, gran señora de pies a cabeza, que convencida del decoro del que yo, feliz como estaba, hacía gala, se sentó a mi mesa haciendo una venia amable y de inefable gracia, y, en el lenguaje que todo enamorado entiende, me ordenó servirle una copa de vino. Bebía a sorbitos, como una ardilla. En el curso de nuestra conversación, yo empecé de pronto, cosa extraña, a entender ruso, y le pedí que me dejara besar su mano. Ella lo hizo y yo me estremecí de placer al poder posar mis labios en aquella dulce, pálida y blanca maravilla, pura como la nieve; era como absorber una nueva fe en Dios mediante el contacto y el movimiento a los que me entregué con toda la fuerza y el placer de mi alma. Ella sonrió y me trató de persona simpática. Y luego, luego, ay misero de mí, desvanecióse todo aquello y volví a hallarme sentado en la habitación donde estaba escribiendo, absorto en mis pensamientos. Nuevas ideas empezaron a invadirme, era como si tuviera que arrastrar peñascos. Ya era medianoche pasada; envuelto en la niebla de mis fantasías, me acerqué a la fría ventana abierta y me entregué a la visión de la quietud avasalladora.
Piano - Robert Walser
No sé cómo se llama el muchacho que tiene la suerte de tomar clases de piano con una maestra tan bella y majestuosa. En este momento está estudiando ejercicios de velocidad en las teclas, guiado por las manos más bellas del mundo. Las manos de la dama se deslizan sobre el teclado como cisnes blancos por le agua oscura. Expresan ya con suma gracia algo que los labios dirán luego. El muchacho está envuelto en una distraída vagarosidad que la maestra parece no querer advertir."Toca esto"; pero él lo toca indescriptiblemente mal. "Vuelva a tocarlo; pero él lo toca incluso peor que antes. Pues nada, debe volver a tocarlo; pero lo toca mal. "Es usted un perezoso." Aquel a quien dicen esto rompe a llorar. Y la que se lo dice sonríe. Tiene la cabeza apoyada en el piano el que debe oír estas palabras. Y ella le acaricia los suaves cabellos castaños, la que ha debido decírselas. Y el muchacho, que bajo las caricias despierta de su vergüenza, besa entonces la tierna mano, blanca y muy distinguida. Y la dama le rodea el cuello con sus espléndidos brazos que, suavísimos, son las tenazas adecuadas para un abrazo. Y ella se deja besar y los labios del querido muchacho sucumben a un beso de la amable dama. Y las rodillas del besado no encuentran nada más urgente que hacer que derrumbarse como briznas de hierba rendidas, y los brazos del arrodillado nada más sencillo que abrazar, a su vez, las rodillas de la dama. También éstas tambaléanse y los dos, la bondadosa y bella señora y el jovenzuelo pobre y sencillo son ahora un solo abrazo, un beso, un derrumbarse, una lágrima... y, lo que es más: una inesperada y terrible sorpresa para alguien que en aquel momento abre la puerta de la habitación, poniendo fin tanto a la dulzura del olvidadizo amor de ambos como al relato mismo
viernes, 28 de octubre de 2011
Flash
Ayer llovió .Hoy ha llovido. Mañana lloverá. A ella ya no le importa el clima, consiguió adaptarse poco a poco como ha hecho con tantas otras cosas que en principio rechazaba, un ejemplo; su trabajo. Pura monotonía mental.Cuando se distrae, observa, a resguardo detrás de su mesa en la oficina, como el agua barre las calles, los escasos transeúntes,bajo sus paraguas, se precipitan apresuradamente hacia sus destinos , los coches pitan sin motivo alguno, el bar se llena, a través de las ventanas de los pisos se pueden ver algunos comedores iluminados por el televisor... La calle transmite la melancolía de los domingos.
Llegó el instante del cigarro. Se levanta de su silla con cierta rigideza en sus miembros, agarra la chaqueta, se ajusta el cinturón que se ciñe a los pantalones negros, se peina con la mano y por último mira con recelo al compañero de su lado con un solo ojo, como lo hacen los gatos antes de alargar su pata para alcanzar algún objeto que cae cerca de ellos. Se desplaza por el pasillo como un robot, sin alma, controlando hasta el mínimo gesto de su rostro. Ya fuera, destensa los músculos y ansiosa saca un cigarrillo del paquete. Inhala el humo con deseo; es el primero de la después de comer. La tarde se presenta tediosa, sin ningún aliciente que le permita soñar. La lluvia sigue, incesante, acechando a todo aquel que camina por la calle. Los altos edificios se han oscurecido combinando con el gris del cielo. Los niños empiezan a salir de la escuela y corretean por delante suyo saltando de charco en charco. Las madres les gritan desde la distancia para que estén quietos pero ellos optan por la diversión y no les hacen caso. Ella los mira con indiferencia y piensa, "que disfruten mientras puedan... pobres". Parece que en un rescoldo de su interior aun conserva cierta inocencia al enfadarse consigo misma por ese pensamiento.Han pasado los minutos que tenia para el cigarro. Lanza la colilla al suelo y vuelve a entrar en la jaula con todas las bestias allí reunidas en pro del progreso de la civilización y la humanidad. Ya en su sitio busca el móvil por encima de la mesa para ver si ha recibido algún mensaje nuevo. Con precaución lo acerca al borde de la mesa y lo deja caer entre sus piernas mientras vigila que nadie importante la vea. Se conecta a facebook para comentar lo agobiada que está en el trabajo al no saber si continuará o no y teclea algo en el ordenador para disimular. Se alegra con los comentarios en sus otros estados, similares al último, que la animan a continuar y a no desfallecer con el trabajo que desarrolla. El narrador se sorprende al contemplar como personas anónimas puedan saber más sobre el trabajo de la protagonista que el mismo autor. ¿Tal vez escriben sin saber? ¿Por compromiso? Eso ya son valoraciones que cada uno debe tomar libremente. ¡Ya puede soñar! Sus compañeros han preparado algo para este fin de semana.Viéndola a a una distancia prudencial nos percataríamos que se comporta como cuando eramos adolescentes que nos pasábamos pequeñas notas con los que creíamos nuestros amigos más sinceros y duraderos riéndonos de alguna tontería o quejándonos por lo aburrido que era el profesor.
Lo que siempre había esperado. Otro día que se marcha sin aportar nada. Entra en el piso y sin encender las luces va directa a estirarse en el sofá. A punto de dormirse recuerda que ha de cenar. Saca de la nevera una tortilla de patatas ya hecha y la pone en el microondas. Entretanto consulta otra vez su perfil esperando encontrar otra novedad. Lo mismo de siempre, comentarios ingeniosos seguidos de otros que no dicen nada. Uno le sobresalta, "¡Para ya! No me interesa". De inmediato le contesta con un, "¡Resentido!" Y lo borra de su selecto grupo de 362 amigos. El microondas avisa con su campanilla de que ya ha acabado. Coge el plato todavía caliente, enciende la televisión y se sienta a cenar en el sofá. Dan las noticias, las mismas de cada noche. Qué si hoy ha llovido intensamente, que si mañana volverá a llover con menos intensidad y demás entremeses y cacahuetadas. Durante los minutos de la publicidad decide salir al balcón a refrescarse. Siente una pesadumbre en su cuerpo, algo le ronda la cabeza, una sensación de impotencia, la percepción de que se está perdiendo lo realmente importante. La tormenta arrecia. Cierra los ojos, bien apretados, y empieza a ver minúsculas luces blancas sobre un fondo negro que chisporrotean alegremente moviéndose de aquí para allá sin ningún orden. Abre los ojos y un rayo atraviesa el cielo iluminando fugazmente las azoteas llenas de antenas y vacías de ropa hasta que alcanza una pequeña casa de madera situada en la esquina inferior de la calle.El fuego se resiste a apagarse a pesar de la lluvia incesante que cae sobre la casa. En pocos minutos llegan los bomberos y consiguen controlar las llamas y extinguirlas. Solo se conservan las cenizas hasta que las retiren para construir un nuevo edificio. El aire vuelve a ser limpio, respira y se llena los pulmones y vuelve al comedor. Se transforma. Se mueve. Descuelga el teléfono y llama.
viernes, 21 de octubre de 2011
domingo, 2 de octubre de 2011
El piñón sin nombre
La multitud danza alrededor del pino que se quema justo en medio de la plaza. Profieren gritos de júbilo al chocar la manos con sus muslos, sus cuerpos se contornean con el crepitar de la corteza y las piñas que poco a poco se unen al fuego. Usan un mantra: quiero. Desde los escalones al cabo de unos minutos se escucha hiero. Hombres y mujeres con sus hijos esperan que alguno de los danzantes se agoten y puedan entrar ellos. Los mas atrevidos se lanzan, sin reparos, a abrazar al árbol. Al fin lo conseguí, parecen decir sus rostros melancólicos mientras desaparecen entre las llamas. Otros mas seguros se acercan al fuego con parsimonia para encenderse un cigarrillo a la espera de su momento. El fuego va tomando unos colores mas vivos. Tonos rojizos y anaranjados se fusionan creando chispas que saltan hacia las cabezas de las personas que rodeaban el árbol. Con cada cuerpo el fuego crecía en envergadura y fuerza. Su calor abrasaba ya toda la plaza. Una mujer en bata y con el carro de la compra entra por una calle lateral y sorprendida comienza a gritar desesperada, FUEGO! LLAMAR A LOS BOMBEROS! La reacción de todos es de estupor e indignación. No pueden creer que esa mujer quiera destruir su obra.Que pretenda apagar sin mas sus esperanzas. La ira se apodera de todos y provoca que una vorágine de hombres y mujeres de todas las edades se abalancen sobre ella. El baile continua. El cuerpo moribundo de la mujer se desplaza sobre las cabezas de la gente, como la estrella de rock lo hace cuando se lanza sobre sus fans en un concierto, hasta que su pelo empieza arder por la proximidad del fuego. En ese momento la lanzan a la pila para que prenda junto a los demás e intensifique el fuego. Ya solo quedan libres del fuego las ramas mas altas del pino. No por mucho tiempo piensan los presentes. No les falta razón, sin mucha dilación todo el pino es engullido por las llamas. Las últimas piñas caen dentro del abismo bermellón. Un piñón sale disparado y cae bajo una farola, que no da luz, próxima a los escalones. Siento curiosidad por ese piñón solitario. Me levanto, al bajar las escaleras el viento sofocante arremete contra mi y me hace tambalearme. Con cuidado consigo acercarme a la farola y coger el piñón. Vuelvo a mi posición en las escaleras y lo observo.Se me escurre entre las manos. Es minúsculo aunque su apariencia es muy resistente. No consigo ver ninguna grieta en su superficie. Está cubierto por una capa de ceniza que me embadurna los dedos de negro. Es gracioso que algo tan insignificante allá conseguido salir indemne frente al fuego, tan crecido él. Lo miro por última vez y lo guardo en el bolsillo del pantalón tejano. La hoguera ruge.
Miro el reloj. Otra vez llego tarde. Esta vez bajo sin cuidado y tuerzo por la calle de la izquierda en dirección al bar donde siempre quedamos. Entro algo cansado y me siento en una de las mesas mas alejadas. Todavía no ha llegado. Una de las camareras se acerca a la mesa. Me saluda y me pregunta:
-¿Qué será hoy?¿Lo mismo de siempre?
- No, hoy es un día especial. Hazme el cóctel que tu quieras- le digo mientras saco de la mochila el libro de Chinaski que estoy leyendo.
A mi lado una pareja charlan sobre el fuego de la plaza. Habla él:
- Esos locos de la plaza no se que deben pensar que hacen. Dan pena bailando alrededor del fuego como si fueran unos prehistóricos. Nadie les dice nada con ellos, como si fuera algo normal su actitud. Menuda pandilla de...- ella le interrumpe diciendo:
- Me han dicho que acaban de tirar a una mujer al fuego porque les ha gritado. Es increíble lo chalados que llegan a estar. Que los echen de allí que solo molestan al personal.
Desconecto. La típica conversación. Me aburren esas conversaciones donde gente que no mueve un dedo critica las personas activas. Sigo esperando y pienso en lo difícil que es intentar comprender antes de juzgar. Se oye la puerta... parece que ya llegó.
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