miércoles, 26 de septiembre de 2012

Caídos en ríos



- ¡No soy tu perro!- ladré con gesto amenazador.

- ¿Qué le pasa? -oí que le preguntaba, con desagrado, Javi a Eva.

- Se ha enfadado con su novia. -dijo Eva sin darle demasiada importancia a las palabras de Javi.

- ¿Desde cuando Carlos tiene novia?

- Hace unas semanas que empezaron a salir.

A lo largo de la conversación Eva fue alejándose de Javi y subió corriendo las escaleras hasta que pronunció la última frase dos escalones por debajo de donde me hallaba sentado, abstraído, releyendo el papel, escrito a mano, que acababa de encontrar. En cuanto me percaté de su presencia me levanté y le grité:

- ¡Ya voy!

Me sobrevino la percepción de haber vivido aquella escena en otra ocasión; me era demasiado familiar. Justo cuando pasaba por su lado, Eva, murmuró entre dientes algo intrigante:

- Ya hablaremos...

-¡Y tanto! ¿Hablaremos de Kitty y Levin? ¡No! Hablaremos de toreros y folclóricas -dije con desprecio.

No me contestó. Se quedó apoyada en un banco como encajando el golpe hasta que recobró el aliento y bajó precipitadamente por las escaleras a nuestro encuentro. La sala se había vaciado poco a poco. Exceptuando a los músicos que guardaban sus instrumentos, a una familia ociosa, que cuchicheaba y cuyo hijo nos señalaba con el dedo índice, y a nosotros tres, las otras personas ya se dirigían, satisfechas, camino de sus casas o alargaban la velada en otro local. El guardia de seguridad apareció, repiqueteando las llaves que le colgaban del cinturón que amarraba su traje negro, para avisarnos de que el museo iba a cerrar en breves minutos y debíamos abandonarlo lo antes posible. Le hicimos caso y nos fuimos al guardarropa a recoger el bolso de Eva y mi mochila.

Hasta el guardarropa nos separaba el amplio y luminoso salón que nos había recibido hace unas horas y que ahora se encontraba lejos de su esplendor inicial debido a la pobre iluminación que alumbraba poco más que las columnas de mármol de la nave central. En el ropero una empleada, con cara de malas pulgas, nos entregó el bolso y la mochila, y, bajó la persiana provocando un gran estruendo para que nos percatáramos de su enfado. Las luces se fueron apagando poco a poco dejándonos casi en la total oscuridad. Aquel era un día de contrastes y todavía desconocíamos lo que nos deparaba el futuro inmediato; pobres incautos. Eva no me había dirigido la palabra desde mi exabrupto y cuando volvió a hacerlo fue únicamente para decirme:

- Max, dejanos solos.

Sus palabras sonaron firmes y contundentes, y, vinieron acompañadas por una cara seria, casi solemne. No me atreví a contestar; calle y acaté. Pese a que no reconocía a Eva, tal vez por eso, no iba a darme por vencido tan fácilmente. Recogí mi mochila a toda prisa y me fui sin despedirme procurando no chocar con las paredes. Completé el recorrido hasta la salida, haciendo el mayor ruido posible para que me escucharan y pensaran que estaban solos, pero volví descalzo y de cuclillas al ropero. Me coloqué bien agazapado detrás de una columna y agudicé el oído para captar todo al detalle. Cualquiera que me hubiera visto pensaría que era un depravado sexual con alguna especie de fetiche por las columnas y me hubiera denunciado a la policía. Mi única defensa sería puntualizar que yo era fiel a las columnas dóricas, las otras no me atraían lo más mínimo.

La voz de Eva, autoritaria y segura, resonaba en el ropero y se expandía a lo largo y ancho del vestíbulo. Me sequé el sudor de la frente con la camiseta y escuché:

- ¿Que te pasa cariño? -dijo Javi en actitud conciliadora.

- Ya lo debes saber - Eva hizo una pausa tensa y retomó su discurso-. LLevamos meses discutiendo un día tras otro -de nuevo otra pausa-. Lo nuestro no va a mejorar... Tendríamos que...

- Se informa a los visitantes que el museo cerrará en breve - interrumpió una voz metálica que surgía desde las profundidades de las tinieblas.

Calló y reinó el silencio en aquel ambiente opaco y sofocante que me envolvía y que confería a los bustos colgados de las paredes y las estatuas dispersas por la sala un aspecto difuso y fantasmal. Maldije la información, del todo innecesaria, porque la negrura latente hacía evidente que iban a cerrar, si no lo habían hecho ya, que me impidió escuchar las palabras que Eva había dirigido a Javi. Con el oído al acecho fijé la vista en un busto de un calvo ilustre que me escudriñaba con sus ojos de forma amenazadora, como si reprobara mi actitud pueril. Mirara donde mirara las siluetas se alzaban sin un contorno definido uniéndose a las sombras, formando espirales, escondiéndose y acercándose, inexorablemente, a cada parpadeo; como si jugaramos a un juego enloquecedor. Estaba aterrado y perdido en un bosque repleto de árboles de piedra. Atenazado por las figuras danzantes una palabra de Javi (quien lo diría) me liberó:

- ¿Dejarlo?

No pensé en el significado y las implicaciones que comportaba el "dejarlo", simplemente giré la cabeza y, en cuanto divisé la luz anaranjada de las farolas que se filtraba por la inmensa cristalera de la entrada, me lancé, sin importarme que me oyeran, a la carrera como un galgo persiguiendo a su presa. En cuanto mi cabeza emergió al exterior cerré los ojos, respire aliviado y en último esfuerzo me estiré en unas escaleras de piedra transformadas en un banco improvisado. Sentía un cansancio atroz y las piernas me temblaban como si acabara de completar la maratón. Mi olor corporal lo confirmaba. La atmosfera seguía estando cargada y sucia pero la frialdad pasajera de la piedra imprimía la ilusión de una cierta libertad; vigilada. Estirado sobre la losa contemplaba las cuatro estrellas que destacaban en el firmamento y buscaba con empeño las que se habían extraviado o permanecían ocultas a causa del brillo de la luz artificial. Una ráfaga de viento cálido recorrió mi frente y se evaporó junto a una sombra escaleras abajo.

- Se va a matar - dijo alguien a mi espalda.

Erguí la cabeza y busqué más allá de la fuente a la figura de la que hablaban. Divisé una espalda encorvada huyendo por una calle lateral sin apenas transeúntes. Uno de mis acompañantes ocasionales recibió un watsap y no perdió la ocasión para hacérselo saber a su amigo.

-¡Tío, tío! Mira lo que me pone -le dijo mientras le pasaba el móvil a su compañero.

- Puf, va muy taja - confirmó el doctor. ¡Te lo está pidiendo! Ahora es el mejor momento para ir a por ella -recetó.

Me olvide de los dos cazadores exhibiendo sus piezas de caza y volví a la posición horizontal en la que me encontraba antes de su inoportuna interrupción. La sonrisa de Javi devoraba mi cerebro y su "dejarlo" sacudía mis frágiles cimientos. Empezaba a tomar consciencia de lo que había sucedido allí dentro mientras nos absorbía la negrura y las voces iban apagándose. Eva había dejado a Javi. No cabía duda porque era imposible que Javi, con lo enamorado que estaba y a pesar de que sospechara, dejara a Eva. Era comprensible que no quisiera; chicas como Eva no se suelen encontrarse de la noche a la mañana, y menos aun solteras y que deseen salir contigo. Él tuvo la suerte de que un amigo común los presentara en una fiesta de pijamas y de allí surgió el romance. Tampoco se mucho más porque Eva no hablaba demasiado de Javi, únicamente lo hacía cuando las cosas no funcionaban entre ellos. "Eva ha roto con él por...", y no me atreví a terminar lo que ya sabía.

Eché un vistazo a la decadente ciudad, donde el tiempo no reflexiona, y retomé mis pensamientos.¿Cuantas veces había vivido esta situación a su lado? Tres novios la conquistaron y la olvidaron al cabo de los años. Pasaba las noches entre los brazos de desconocidos para protegerse de sus miedos y encontrar un remanso donde sentir una pizca de cariño. Nunca me lo ha confesado pero estoy seguro de que el sexo es su particular manera de acercarse a los hombres y así hallar el referente de un padre. Su verdadero progenitor apenas se preocupaba de ella y de su madre; prefería beber hasta vomitar en un bar chino de un barrio de mala muerte y cuando cerraban visitaba un local de lumis para gastarse lo poco que tenía en la cuenta corriente. Cuando Eva tenía 11 años la situación se tornó insostenible y su madre pidió el divorcio y la custodia. La jueza al comprobar la rutina de su padre no titubeo y lo sentenció con la perdida de la custodia y a pagar cada mes cierta cantidad de dinero a la madre de Eva. Cumplió religiosamente los primeros meses pero paulatinamente fue ingresando una suma menor hasta que no ingresó ni un duro. Esta era la historia inventada sobre el padre desalmado de Eva, con la que dramatizábamos delante de desconocidos. Pero la realidad era esta: Eva no mantenía una buena relación con sus padres porque estos se dedicaban en exclusiva al trabajo en el hospital y en su consulta privada y se olvidaban de ella por completo.

Durante la primaria Eva no se relacionaba, a excepción de una chica, con ninguno de sus compañeros. Iba a clase; se sentaba en su pupitre y miraba fijamente con sus ojos caoba a la maestra y los alumnos. Cuando el último timbre sonaba recogía los libros y se marchaba a casa con la única amiga que tenía y que vivía a una calle por encima de la suya. Se encerraba en su cuarto donde, la mayor parte del tiempo, se abocaba al estudio, la lectura y a escuchar música. Transcurrieron los años y el periodo post-apocalíptico llamado adolescencia se presentó sin avisar. Hormonas, sangre concentrada, ídolos caídos, populares, horteradas varias y estupidez en grandes dosis se reunían en el colegio tomando posiciones para la lucha soterrada que iba a devenir a lo largo del curso. Eva hubiera preferido seguir siendo la chica introvertida y tímida que se sentaba al final de la clase y en la que nadie se fijaba pero se vio obligada a relacionarse para sobrevivir en aquella selva llena de primates en celo. Formó un pequeño grupo compuesto por 4 chicas y 2 chicos; bautizados por los envidiosos como maricones aunque uno de ellos salió con Eva; un mes. "Quien pudiera", pensó más de uno. Aquel grupo tan compacto en sus inicios fue agrietándose hasta que, al comenzar la universidad, se disolvió. Eva no se esforzó demasiado en conservarlo. Una vez, hablando de ellos dijo: "Eran buena gente... pero no me llenaban". Siempre le ha perseguido la tortura del vacío existencial y le ha sido imposible de henchir por más experiencias que vertiera en su interior.

No he recordado la universidad por casualidad. Allí Eva dio un paso al frente en todos los aspectos; en la facultad de historia del arte perdió la vergüenza, se relacionó con toda clase de personas y, finalmente, conoció a gran parte de sus actuales amigas y amigos; encontró un trabajo en una tienda de ropa para chonis y en cuanto ahorró cierta cantidad se fue a vivir, con unas compañeras de clase, a un piso del campus de la universidad y así no tener que dar explicaciones a sus padres. En la multitud de fiestas a las que asistía su autoestima crecía exponencialmente en relación con cada tio que la desnudaba con la mirada. Perdió su segunda virginidad con el primer novio serio con el que estaba; un tal Alberto con el que aguantó un año. Siempre me reía cuando decía lo de: "segunda virginidad". Coqueteó con ciertos grupos seudo mafiosos que pululan por la universidad pero al descubrir su funcionamiento piramidal se desencantó y los abandonó de inmediato. Al perder su inocencia infantil, resguardada bajo su sonrisa, desconfiaba de las personas que conocía y, a pesar de ser muy extrovertida, no mostraba ninguno de los rasgos íntimos de su personalidad ni exhibía sus gustos ni sus fobias; era la perfecta anfitriona.

Dio la casualidad que yo estudiaba historia en la misma facultad que ella y ahí es donde la conocí, concretamente en la biblioteca. Fue así: Mientras esperaba, balanceándome sobre la planta y la punta de los pies, a que la recepcionista me confirmara si les quedaba un libro, Eva pasó por mi lado. Lógicamente, en aquel momento, no sabía quien era, pero, ante tal belleza, no pude refrenar el enorme interés por conocerla. Disimuladamente la seguí con la mirada hasta que se perdió entre las hileras de estanterías. La encargada me avisó de que no lo tenían, que si quería podía guardármelo cuando lo tuviera. Tanto me daba. Sin contestarle me adentré en la biblioteca, con la imagen de Eva bien viva en la mente, dispuesto a encontrarla. Bajé una planta: nada. Subí a la primera y tras un paseó por los pasillos la vi sentada junto a la ventana, con unas hojas en blanco sobre la mesa solapadas por un libro abierto de par en par. A mi timidez innata se le añadió su portentosa presencia que me paralizó por completo y me impidió razonar con claridad. Estuve unos diez minutos moviéndome entre estanterías y mesas, como pollo sin cabeza, aguardando a que los nervios que me bloqueaban cedieran y pudiera sentarme delante de ella. Vencí mi propia resistencia y caminé apresuradamente hacia su mesa. A dos metros disminuí la marcha progresivamente hasta que me senté. Eva alzó la mirada y, al verme, sonrió con ironía. Me sentí rechazado al  instante, aunque, extrañamente, no desfallecí y proseguí con mi objetivo. Saqué los apuntes de la carpeta y hice ver que estudiaba como el más aplicado de los alumnos. Logré estructurar la pregunta: "¿Tienes un bolígrafo?" y obtuve una respuesta afirmativa y un bolígrafo como premio. No me aventuré a volver a dirigirle la palabra, a pesar de que surgieron las primeras miradas que fueron seguidas de leves sonrisas, hasta que ella hizo el ademán de recoger sus cosas y me lancé precipitadamente proponiéndole de ir a hacer un café en un bar cercano a la universidad. Dudó durante unos segundos y finalmente aceptó. La primera y única vez que una locura de ese calibre me ha salido bien. De la cita improvisada llegamos al día de hoy; 3 años de una intensidad feroz...

- ¿Qué piensas con esa cara tan triste? -preguntó, una presencia sentada a mi vera.

 - Que somos dos nostálgicos escudriñando en el pasado para tropezar con un resquicio de amor -le contesté con los ojos cerrados, rememorando mis anteriores pensamientos.

- ¿Lo encontraremos?

- No creo, tenemos puesta la atención en un pasado que arrastra consigo el dolor y la culpa perpetua y nos impide explorar el presente. Sería mejor abrir los ojos y toparnos cara a cara con la agradable e inesperada sorpresa del amor - concluí y abrí los ojos. Eva estaba a mi lado, como deseaba, deborándome con la mirada. Sus ojos llorosos y su cara enrojecida delataban el esfuerzo que hacia para evitar llorar.

Tras un breve silencio Eva dijo lacónicamente:

-Gracias. He de irme. Mantén los ojos cerrados.

Posó su suave mano en mi cabeza y deslizo sus dedos entre mis cabellos a la vez que su respiración agitada me advertía del acercamiento de su rostro. Sus labios salados y humedecidos por las lagrimas toparon con mi boca en un fugaz encuentro sin derecho a replica. Tan rápido como apareció el tacto carnoso de sus labios desapareció el aroma de Eva. Me incorporé y la contemple, mientras se alejaba en la penumbra, adentrándose en la ciudad.

Vuelta a la soledad de la noche... de mi vida. Me abstuve de tomar el mismo camino que Eva y preferí recorrer un sendero de tierra que se adentraba, entre arbustos y árboles, en el bosque. "¿Como había acabado así?¿Qué haría Eva?", me repetía constantemente, sin prestar atención a lo que me rodeaba, hasta que tropecé, con una rama atravesada en el camino, y caí, con las manos por delante, al suelo. Aturdido por el golpe me levanté, con un rasguño en la mano y las muñecas doloridas, y me desvié de la senda para perderme entre medio de los árboles. A cada paso oía el crujir de las ramas secas bajo mis pies y la presencia de unos ojos vigilandome. Me daba la vuelta y comprobaba que estaba equivocado. Seguía solo. Las espesas copas de los arboles impedían que la luz blanquecina de la luna se filtrara al interior del bosque. Andaba a tientas de tronco en tronco sin percartarme hacia donde me dirigía. Tras mucho caminar divisé, en lo alto de la ladera, lo que parecía un claro, donde la luna se exhibía en su desnudez. Subí la pendiente a cuatro patas, agarrándome a los arbustos, cuyas espinas se me clavaban en las palmas de las manos haciéndome sangrar, y, al alcanzar el llano me recliné sobre una áspera roca y contemplé el mar, difuminado en una desdibujada línea horizontal. Una figura borrosa y de silueta etérea, pero a la vez muy real, con el aspecto de las ninfas de los ríos, surgió de la espesura del bosque y, casi flotando, se posó, balanceándose, en las ramas de un pino que resistía estoicamente al borde de los acantilados. Le grité para avisarla del peligro:

- ¡Eeeeh!

No obtuve respuesta y volví a insistir.

- ¡Muchacha! Sal de ahí que es peligroso.

- Hablas como un viejo, como un dinosaurio -me contestó en un tono despreocupado.

- We are -repuse con una media sonrisa.

- ¿Qué es lo que buscas? -me preguntó volviéndose hacia mi.

-  Verdades. Pero solo hallo sospechas.

- Las grandes verdades son una gran sospecha -pronunció y juntó su manos entre sus piernas.

- ¿Como has llegado hasta ahí? -pregunté

- La gravedad y el miedo a volar es lo que te impide ascender -dijo con voz firme-. ¿Estás dejando pasar la vida o viviendola?

Preferí no responder.

- ¿Puedo preguntarte tu nombre?

- Relativista Dogmática -dijo, y sus ojos azules brillaron con claridad.

Se quitó la boina parisina que cubría su cabeza y me la entregó sin mediar palabra. Justo después se desvaneció.

viernes, 6 de julio de 2012

Tinta Azul




Se marchó, como tantas otras, dejando atrás la estela gris de una tarde borrascosa y el calor de su cuerpo mientras su recuerdo se marchitaba poco a poco. Sin percatarse penetró en mi vacío, oculto tras los muros erosionados por las decepciones, y, soltó a los perros. Agazapada, desde tu rincón, observas pacientemente como me pierdo por los caminos y desespero buscándote en las cimas y en los valles. Todo el mundo cree que soy fuerte pero es una burda mentira, una más. Tú también lo sabes y por eso huyes de mi. Mi futuro es incierto, mi pasado demasiado presente. Mismos patrones, mismas situaciones se repiten una y otra vez sin dar tregua a esta mente cansada. Atrapado en la cobardía del último paso me arrastro lánguidamente hasta tu ventana con la esperanza de encontrarte en tu habitación y verte, feliz, con él; para recrearme en mi tristeza.

Dejé de escribir y cerré el cuaderno. El sol caía ligero tras las montañas que envuelven la ciudad proporcionando sus últimos rayos y rasgando el cielo con un rastro carmesí que se perdía en el horizonte. Las farolas de  alrededor empezaron a encenderse mientras una paloma grisácea se colaba entre los viandantes sumidos en sus móviles caminaban con paso uniforme, como autómatas, se detenían en el paso de cebra y continuaban su marcha. A pesar de que empezó a refrescar yo seguía sudando. Con la vista puesta en la boca de metro aguardaba a que llegaran las dos parejas. Unas horas antes Eva me había llamado preguntándome si quería ir con Javi, una amiga suya y su novio al museo de arte nacional que era  gratis porque hacían noche de puertas abiertas. En teoría esa misma noche había quedado con unos amigos para ir al bar donde echaban el partido del Barça, pero siendo Eva quien me lo proponía, y, después de estar semanas sin verla, no pude, ni quise negarme. ¿Quien sabía lo que podía pasar?

Unas manos finas me cubrieron los ojos y sentí una respiración entrecortada cerca de mi oreja izquierda que al instante se transformó en una voz melosa preguntándome:

- ¿Quién soy?

- Eva -contesté secamente debido a la tensión que me producía tenerla tan cerca.

- Que soso llegas a ser, Max - me dijo alargándome la mano para ayudarme a levantarme.

 Sus dulces ojos negros sondeaban mi timidez tratando de predecir mi siguiente reacción. El flequillo enmarañado le caía por la frente hasta rozar sus arqueadas pestañas y su corta melena se hallaba sujeta en un moño anclado por un diminuto lápiz sin punta. La nariz respingona encajaba a la perfección con la armonía de las facciones de su cara y enlazaba con elegancia sus ojos con sus labios rosados, como sus mofletes. Me mantuve en silencio y guardé el cuaderno en la mochila. Eva me abrazo y me susurro al oído unas palabras que me desconcertaron:

- No temas, ya estoy aquí.

- Nadie te esperaba -mintió mi orgullo.

Silencio.

- ¿Y Javi? - le pregunté separándome de ella con rechazo.

- Javi ahora viene con Edgar y Natalia. Me he adelantado a ellos para estar a solas contigo -dijo provocativa acercándose de nuevo.

- ¿Estás bien con él?

- Bien -afirmó con una mueca de desaprobación que afeaba su rostro.- Este jueves me llevó a cenar a un restaurante con conciertos jazz en vivo, aunque a Javi le aburre ya conoces mi pasión por el jazz, y me propuso que al volver de Suecia buscáramos un piso y nos fuéramos a vivir los dos juntos.

- Se ve que está muy enamorado de ti -dije con malicia, hurgando en nuestra particular herida, adelantándome a mi inminente debacle; otro más.- ¿Qué harás?

- No lo sé, no quiero dar este paso todavía. Prefiero seguir como hasta ahora; cada uno en su piso compartido e irnos viendo unos días a la semana. Sin agobios. Imagínate que sale mal y rompemos. ¿Que haríamos entonces? Los pisos son caros...

No completó la frase y evitó darme una respuesta clara y contundente. Se notaba que estaba agitada al hablar de ello. En medio de aquel mar embravecido me aferré a la madera llena de astillas que desaparecía por momentos entre las violentas olas. Con el trascurso de los días las ilusiones y proyectos, junto a Eva, que había albergado en mi interior fueron siendo desterrados por el pensamiento de que para Eva fui un desliz que no llegaba ni a la categoría de amante. Será de ese tipo de personas tan actuales que pueden dividir sexo de amor, me decía a mi mismo. Me los imaginaba, a Javi y a Eva, yendo al cine, después tomando copas en los chiringuitos de la playa con sus amigos, riendo y mostrando su felicidad, y al volver al piso de Javi disfrutando de una noche de sexo pasional y salvaje que concluiría con el cigarro de rigor. En mis fantasías siempre eran felices y practicaban el sexo más placentero que se pueda soñar porque así, de forma inconsciente, aumenta mi dolor y mi culpa ¿Y el cigarro? Pues le daba el toque de película llena de clichés que aumentaba el patetismo de mi situación. Su ausencia me lo confirmaba y me propuse olvidarla. Pero entonces su llamada, y ahora estas palabras. Las suposiciones agoreras quedaron olvidadas al instante y me lancé de cabeza a la remota posibilidad de avanzar en mis relaciones con Eva. Era débil. Volví a golpear en el mismo lugar:

-  Eva ¿seguro que estás bien con Javi?

- Sí... -encendió un cigarro y empezó a fumárselo con ansiedad.- No, a ti no te quiero mentir, a ti no. Estoy harta de mentirle a todos y aparentar lo que no soy. Tu eres especial para mi... no quiero empezar a mentir contigo también. Si insistes ya lo debes intuir; no estoy bien con Javi. Hace unos meses que discutimos por tonterías cada vez que estamos a solas. Delante de los amigos representamos bien el papel de pareja idílica pero cuando ya no estáis volvemos a los enfados y las malas caras. No lo aguanto. El Javi del principio ya no existe. Ayer estuvo hablando por el facebook con una amiga suya, conmigo delante ¿Te lo puedes creer? Y claro, me enfadé y discutimos una vez más. Esta situación es insostenible. Decimos que cambiaremos pero el primero que no lo hace es él. Ya nada es lo mismo. Creo que lo tendré que...

- ¿Enfadada?¿ No estarás hablando de tus padres? -le interrumpió Javi, que había llegado junto a la otra pareja y lucia una sonrisa cándida.

Eva se asustó y dio un salto hacia delante chocando conmigo y quemándome la piel con el cigarro.

- ¡Joder! ¡Vigila! -grité mientras me apartaba y me frotaba el brazo.

Eva, olvidándose de la presencia de Javi, se me acercó y empezó a besarme la piel marcada por el cigarro hasta que se giró y besó a Javi con afectada pasión. Poco después se hicieron las correspondientes presentaciones. Natalia y Edgar se llaman. Ella de aspecto delicado, grandes ojos y cara pequeña con una peca cerca de la comisura del labio. Él de rostro rollizo, torso abultado y piernas cortas. Ella licenciada en filología inglesa; idioma que sólo sirve para crear palabras que se usaran en masa aun desconociendo su significado y que merecería ser relegado al nivel  del griego koiné. Él licenciado en periodismo; nombre con el que se conoce la carrera donde se enseña a filtrar, ocultar y censurar las noticias y servir como correa transmisora de los mensajes del poder hacia los ciudadanos. Hasta aquí llegaron mis preguntas de cortesía. Frente a aquellos triunfadores fabricados para el éxito me sobrevino una sensación de estancamiento vital, parecía que me mantenía dando vueltas en círculos, abriendo las mismas puertas y chocando contra los mismos muros para acabar en el mismo punto de partida. Dejé de mostrarme interesado y me relegué a una posición apartada de todos ellos para contemplarlos en su felicidad. Felizmente alienados.

A lo lejos se vislumbraba el final del paseo y el inicio de las escaleras que conducían al museo todo ello con un fondo colorido proporcionado por la fuente ornamental que hacía las delicias de los turistas una noche a la semana. Eva y Natalia cuchichearon algo y de golpe se lanzaron a la carrera. La camiseta de tirantes azul marino con encaje de Eva me permitía ver como se alejaba su tatuaje que representaba una espiral y debajo el símbolo infinito. Javi al darse cuenta que la perdía se apresuró a correr lo más rápido que pudo para detenerla. Me quedé a solas con Edgar que no aguantó mucho el silencio y inició una conversación banal.


- ¿Qué crees que hará el Barça esta noche?

- Perder -dije mirando al horizonte buscando la silueta de Eva.

- Hoy gana sin despeinarse. Te lo digo yo- dijo y me dio un golpe con el puño en el brazo.

- ¿Te lo ha dicho una de tus fuentes que no puedes revelar por tus principios éticos? - le pregunté irritado por el golpe.

- Las fuentes las utilizo para apostar dinero en los partidos y para tirarme faroles al dar las noticias. Para hablar contigo no las necesito -respondió con aires de grandeza.

- Ni yo necesito hablar contigo -le corté tajante.

- ¡Eh! Tranquilo, que sólo estaba sacándote tema de conversación porque te he visto muy apartado- me reprochó y ladeó la cabeza señalándome una zona vacía del paseo.

- No te preocupes, estoy exiliado en el Castillo.

No me volvió a dirigir la palabra. Estaría pensando a que castillo habría hecho referencia. Lástima que no supiera que el Castillo es ficción, entonces entendería la profundidad de mis palabras y no me tomaría por un simple loco. Tras subir las primeras escaleras nos encontramos a Javi y Eva, cogidos de la mano y a  Natalia absortos por la fuente; de donde no cesaban de brotar infinidad de surtidores que lanzaban agua, de todos los colores, a gran altura. Para redondear el espectáculo unos amplificadores colocados estratégicamente en diversos puntos cerca de la fuente reproducían la música de los 80. Me alejé en dirección al museo, para evitar tener que escuchar las rimas imposibles de las canciones, y los demás me siguieron por mimetismo; bien agarrados, como mandan los cánones, no fuera que a alguien se le ocurriera escaparse.


Entramos por la puerta de cristal y nos sumergimos en la masa de personas que iban de una sala a otra del museo. Unos preferían el gótico, otros el contemporáneo, otros... y todos ellos discutían sobre las grandezas del arte y sus mensajes. Para mi todo aquello era mercancía para mentes inquietas. Lo mayor aproximación al arte se quedó en las cuevas. Dejamos los bolsos y la mochila en el ropero y allí decidieron que primero querían ir al la sala de arte románico. Nos hallábamos en el amplio salón cuando desde el auditorio que se encontraba justo al fondo de la sala se abrió paso el sonido pesado y grave de un contrabajo y detrás de él  las notas disonantes y saltarinas de una trompeta con sordina. A Eva se le iluminaron los ojos y volvió a salir corriendo; esta vez hacia el auditorio.

- ¿Qué es esa música? -preguntó Edgar señalando con el dedo el lugar de donde provenía el sonido.

- Jazz, amigo, jazz -contestó Javi con una sonrisa.

De las pocas ocasiones en que había salido con Javi saqué la conclusión de que, él, sólo sabía sonreír y mostrar su ingenuidad sin ningún reparo. Al cabo de unos minutos regresó Eva rebosante de alegría.

- Hay una chica joven que está cantando acompañada de una banda de jazz - dijo tocándose el cabello.

- ¿Una joven de 40 años? - preguntó Natalia con ironía.

- No, de las que tienen la piel tersa y las tetas firmes -contestó Eva riendo.-Voy al concierto.

- ¡Hemos quedado para ir a ver arte! -protestó Javi.

- Id vosotros tres y cuando cierren nos encontramos en los bancos de piedra que hay al salir, cerca del césped. Carlos me acompaña que a él también le apasiona el jazz -dijo mientras me guiñaba un ojo.

Eran las primeras noticias que tenía sobre mi pasión por el jazz.

- Como quieras -dijo resignado Javi -¿Todos de acuerdo?

- Sí -respondieron al unísono Natalia y Edgar.

Al fin podía estar a solas con Eva. Eso era lo único que había anhelado durante tantos días y tantas noches de insomnio dando vueltas en la cama. Poco importaba lo que podía suceder a partir de ese momento. Nunca hubiera imaginado poder lograrlo de nuevo. Nos despedimos alli mismo y nos separamos por unas horas hasta el cierre del museo. Eva y yo estuvimos charlando animadamente hasta llegar al auditorio:

- ¿Apasionado del jazz? Louis Armstrong es todo lo que conozco de jazz -reí.

- Con conocerlo ya es suficiente razón para que me acompañes - dijo y entrelazó su brazo con el mio.-A ellos tres ni les suena el nombre. Creen que la música se limita a lo que sale en los anuncios de cerveza  y lo que escuchan los fines de semana en sus discotecas alternativas.

- Sí, esos grupos que tocan todos igual y sus letras hablan de gin tonics . Deberían llamarse: Los Mierdas. Y aún correríamos el riesgo de que nos intentaran vender que tocan punk. Donde no hay mata no hay patata.

- Gin tonic y punk; he de probarlo -rió al imaginar la escena.

Sin darnos cuenta habíamos entrado al auditorio. Tenía la forma de un circo romano con unas pequeñas gradas en los laterales, la de la izquierda repleta de gente, una gran bóveda que coronaba el techo que cubría el recinto y un ascensor que daba acceso al gallinero y a unas salas del museo. Dando la espalda a la grada habían montado un pequeño escenario donde una banda compuesta por: un guitarrista, un batería, dos saxofonistas y la cantante ponían a punto los instrumentos y hacían pruebas de sonido. Delante suyo se extendían varias hileras de sillas, ocupadas por público expectante y de expresión sosegada. De la barra se acercaban, a las últimas filas, algunas personas sosteniendo en la mano una copa de cava para observar de cerca los próximos acontecimientos. Los cámaras se posicionaban y colocaban sus trípodes para grabar la actuación y los fotógrafos sopesaban el mejor lugar para una instantánea. La cantante, una chica de unos 15 años que todavía conservaba los rasgos característicos de la niñez, cogió el micrófono y se dispuso a hablar:

-  ¡Buenas noches a todos y gracias por venir! Os vamos a interpretar varias canciones de nuestro nuevo disco y algunas de las canciones más reconocibles del jazz. Esperamos que os gusten - dijo tímidamente, agarró la trompeta que tenía cerca de sus pies y inició el concierto.

Ahora comprendía el entusiasmo con el que hablaba Eva del jazz. Caos en estado puro que se autogestionaba obteniendo un placer y una belleza inigualables. Los músicos transmitían su intensidad a los instrumentos y estos a ti; cuando empezabas a adentrarte en la energía de la melodía y alcanzaba las cotas altas de la exaltación más vehemente, de golpe, se transformaba en relax absoluto y parecía desfallecer. Pasabas de la euforia al ensueño en un abrir y cerrar de ojos. Pero todo ello sin estridencias, de manera elegante y con sentido; fluía por la sala. Me pegué a Eva con la intención de meter mis brazos por su camiseta hasta que alcanzar su ombligo y así protegerla con mi cuerpo mientras ella apoyaba su cabeza en mi pecho. Quería sentirla tan cercana a mi piel como sentía la música; ser un todo con Eva. Su cuerpo vibraba con cada nota, golpeaba con las sandalias el suelo y sus manos se acercaban a mi cara hasta acariciarla. No podía ser más feliz; la persona que quería, aunque era una percepción no una seguridad, en mis brazos y la banda tocando una música deliciosa que sacudía todo mi cuerpo y no me permitía que me mostrases indiferente ante aquel espectáculo casi místico. Las canciones se sucedían, cada una con su peculiar singularidad que hacía sumergirme con gozo en aquel estilo tan desconocido por mi hasta la fecha. Inconscientemente asocié el jazz con Eva. Desde entonces al escuchar este tipo de música se me aparece la imagen de Eva y el recuerdo de este primer día y el de tantos otros. Entre tanto la cantante cesó de cantar y cogió la trompeta, la alzó, miró al techo y dio la señal para que los demás músicos la siguieran. Eva reconoció la canción.

- ¡Escucha! ¡Es Louis Armstrong! -dijo, con gran entusiasmo, mientras se revolvía entre mis brazos, y me besó sin tapujos, con la emoción de quien ha obtenido su recompensa.

El beso me desconcertó y me mantuve unos segundos indeciso a causa del asombro que me produjo Eva al lanzarse de aquella forma tan directa; no lo había previsto. Otra agradable sorpresa en un día que apuntaba a rutinario. Eva al notar mi perplejidad fue separando lentamente sus labios pero al fin reaccioné y volví a unirlos bruscamente; chocaron nuestros labios, chocaron nuestros dientes y chocaron nuestras lenguas formando una unión indivisible alentada por la música que se adentraba en nuestros pechos. Adaptamos los besos al ritmo de las canciones y a su duración sin que ninguno de los dos diera muestras de cansancio. Hubiéramos estado besándonos eternamente si los músicos no hubieran dejado de tocar.

Eva me acarició y indicó con el dedo indice el fondo del recinto a la izquierda. Borracho de felicidad me encamine hacia los baños. Si una observadora mordaz hubiera contemplado la escena les comentaría a sus acompañantes que yo parecía uno de los niños que, en el cuento, seguía despreocupado al flautista de Hamelín. No le faltaba razón. No sé porque extraña causa acababa haciendo lo que Eva quería. Nos separamos y cada uno entro en su correspondiente lavabo. No tenía demasiadas ganas de mear pero una vez de lleno en el asunto algo salió. Me la observé y pensé: "y yo con estos pelos". Me reí a carcajada limpia al reconocer hasta donde alcanzaba la influencia de Eva. Me lavé las manos y salí afuera para esperarla. Los espectadores del concierto continuaban en su propia atmósfera ajenos a lo que les rodeaba. Transcurrieron los minutos y nadie salía del lavabo de mujeres. La idea de que, en cualquier momento, apareciera Javi y me viera me inquietaba. No sabría que responderle si me preguntaba que hacía aquí plantado. Eva no daba señales de vida. Me armé de valor y entre en el baño implorando no encontrarme a nadie excepto a Eva. Me recibió un blanco impoluto y resplandeciente; ninguna persona. Tras una breve observación me di cuenta de que una de las puertas se hallaba cerrada y todas las demás abiertas. Mi primer impulso fue decir Eva pero me contuve y guardé silencio. Se escuchaba una respiración entrecortada proveniente del lavabo con el pestillo echado. Me metí en el de al lado para subirme en la taza, sacar la cabeza por encima de la pared que los separaba y ver quien emitía aquellos sonidos.

Era Eva, como suponía. Se había bajado los pantalones y las bragas a la altura de las rodillas y movía, con desenfreno, sus dedos alrededor del clítoris. Tenía toda la cara enrojecida y sudorosa debido al placer y al calor. Incluso en aquella situación Eva me parecía la mujer más hermosa que jamás había visto. Era tan excitante observar como se masturbaba que no me contuve y me desabroché el pantalón con la intención de pajearme yo también. Yo era el perro de Paulov y Eva la campanilla y ahora, esta, sonaba. Empecé a salivar:

- ¿Necesita ayuda señorita?

Eva dirigió, al techo, una mirada aterrorizada creyendo que alguien la había pillado mientras se masturbaba. Hubiera sido lo más normal en un lugar público pero tuvo la suerte de encontrarme a mi.

- ¡Joder Max! Qué susto... pensaba que eras un segurata ¿Has de surgir de la nada en los momentos menos oportunos? - me recriminó.

- Con lo preocupado que me tenías porque no salías y te encuentro aquí dentro haciendo dedillos. Que sucia eres. Ábreme, venga, no nos quedemos los dos a medias - le dije bajando de la taza y aguardando a que abriera.

Al instante quitó el pestillo, me agarró de la camiseta y me empujo adentro con ella. Apretujados nos fuimos colocando como pudimos; yo me senté en la taza con el pene erecto y ella se quedó de pie manoseándose el coño.No me cansaba de admirarla ¡Ah! Y conservaba el mostacho; mi perdición. No se lo pensó dos veces, se acercó a mi, entrelazó sus brazos por detrás de mi cuello y fue sentándose poco a poco, dejando entrar mi polla con suavidad, hasta que encajamos completamente. Busqué su cuerpo por debajo de su ropa y mis manos resbalaron debido al sudor que desprendíamos. Unos movimientos pausados al comenzar que dieron paso a unas sacudidas intensas y un balanceo furioso. No descuidamos los besos que iban y venían sin demasiada coordinación y los intercalábamos con discretos gemidos pegados a la oreja, lametones en el cuello, mordiscos en los labios y discretos gemidos que hacían las delicias de los dos. El rumor de la música se apagó y nos dejó solos con nuestros propios sonidos. Por chocante que parezca en aquel váter se creó una intimidad muy especial mezclada con unos toques de locura y lujuria muy atrayentes. Me levante y la puse de pie, los dos cara a cara, intentando no sacarla de dentro, cosa que no logré y pareció contrariar a Eva. Me agache un poco hasta colocarme a su altura y se la metí sin mediar palabra. Flexionaba las piernas como si me hubieran programado para ello. Se oyeron los aplausos de los espectadores satisfechos por el concierto. Absurdamente los aplausos me animaron y me dieron fuerzas y penetré a Eva con más ardor. Noté como su interior se contraía con cada arremetida dificultándome la próxima y incrementando el placer que sentía. Gotas enormes caían por mi frente y se precipitaban sobre la blusa de Eva; todo mi ser quería conectar con Eva. Los aplausos cesaron y Eva me abrazó con gran energía. Pegó sus labios a mi oreja y me susurro en un suspiro: "te quiero". Aquello fue el detonante, no aguanté más. Me corrí en su interior con una sensanción de plenitud y realización máxima; mis aspiraciones intimas y casi secretas cumplidas. Los aplausos finalizaron.

Permanecimos ,de pie, abrazados y al parecer, al fin, tomamos consciencia de donde nos encontrábamos y lo arriesgado de quedarse allí por más tiempo. Eva se limpió, con papel higiénico, el semen que le goteaba, se vistió y salió, no sin antes besarme toda la cara y mirarme por última vez con sus ojillos, marrones, rebosantes de felicidad. Mientras acababa de vestirme recibí un sms de Eva: "He visto a Javi. Intenta al salir ir por la parte de arriba y sentarte en los bancos donde había gente. Yo lo distraeré hasta que te sientes". Eva, sin quererlo,  me devolvía de la forma más cruel a la puta realidad. Lo que habíamos vivido hasta ese instante ya no importaba. La figura de Javi cobró una envergadura desmesurada. Era el obstáculo que me impedía perpetuarme con Eva; una montaña que había que coronar y descender. Que felicidad tan efímera.

Me escabullí entre la gente y subí a toda prisa las escaleras que conducían al gallinero. Desde arriba se podía observar toda la platea pero evité hacerlo por si, en un descuido, Javi me veía. Corrí, pegado a la pared, por el lateral hasta que llegué sudoroso a la zona de bancos. Me senté en el primer sitio libre que encontré. Los espectadores se levantaban y se marchaban ya que el concierto había acabado. Alrededor mio quedaron 4 personas. La gente se aglomeraban en el escenario esperando su turno para hablar con los músicos. Metidos de lleno en aquel remolino vislumbré a Javi y Eva, besándose. "Bonita forma de distraerlo", pensé. No se podía negar que era efectiva y perversa a la vez. Sabía que la iba a ver y que me jodería. ¿Qué era para ella esta noche juntos? No quería ni planteármelo. Desvié la mirada tratando de evitar contemplar aquel espectáculo y cerca de mis pies encontré una hoja de papel escrita. La cogí. La habían arrancado de un cuaderno. Me detuve a leerla:

Erase un loco. Erase un libro. Erase una noche. Erase un loco que escribió un libro en una noche. Cada palabra era una gota de lluvia que rociaba los cristales. Esa tormenta única, la de cada noche de verano. Pero él solo contaba con una noche. Con una tormenta y un puñado de gotas de agua. Dicen que tragedia era el genero de sus escritos. Yo prefiero denominarlo comedia mal entendida. Pues hasta el peor de los sucesos tiene un pequeño lucero. Pues en la más absoluta oscuridad es donde mejor se puede apreciar la luz. La esperanza es la cara mal vista de un loco que se dedica a escribir tragedias en una noche de tormenta de verano.

Relativista Dogmática.

A medida que mis ojos se deslizaban por las letras menudas una sonrisa afloró en mi cara y concluyó en risa al leer el seudónimo. Relativista Dogmatica si que fue un lucero en aquella oscura noche. Con que habilidad había tejido aquel pequeño tapiz lleno de belleza y conocimiento profundo. Tuve ganas de ser aquel loco escritor de tragedias y ser libre escribiendo sobre mis obsesiones y mis taras. Al parecer Eva me escuchó reir:

-¡Max!¡Ven! -gritó, desde abajo, Eva alzando los brazos para que la viera mejor.

martes, 8 de mayo de 2012

Robert Walser - Laúd

En el laúd toco recuerdos. Es un instrumento insignificante, con un sonido que es siempre uno y el mismo. Es un sonido unas veces largo, otras breve, otras remolón, otras ligero. Respira pausadamente, o bien se supera a sí mismo dando un presuroso brinco. Es triste y alegre. Lo único extraño es que cuando suena melancólico, me hace reir, y cuando es alegre y salta, no puedo evitar el llanto. ¿Ha habido alguna vez un sonido semejante? ¿Alguna vez se ha tocado instrumento tan extraño? Apenas se lo puede coger en la mano; las manos, aun las más suaves y delicadamente formadas, son demasiado toscas para hacerlo. Tiene cuerdas de una figura y tenuidad inefables. En comparación, los cabellos son cabestros. Hay un chiquillo que sabe tocarlo; y yo, que tengo tiempo para tumbarme con el oído atento, me pongo a escucharlo. Toca día y noche, sin pensar en comer ni beber, hasta muy entrada la noche y en pleno día. De la mañana a la noche y de la noche a la mañana. El tiempo, para él, no tiene otra misión que la de pasar rozándolo como un sonido. Y así como yo lo escucho tocar, él, cuando toca, escucha todo el tiempo a su amada, el sonido de su instrumento. Jamás enamorado alguno ha escuchado con tanta fidelidad, con tanta constancia. Qué dulce es prestar oído al que es todo oídos, observar al enamorado, sentir al olvidado junto a uno mismo. El chiquillo es el artista; el recuerdo, su instrumento; la noche, su espacio; el sueño, su tiempo; y los sonidos a los que da vida son sus solícitos criados, que hablan de él a los ávidos oídos del mundo. Yo soy sólo oído, un oído indeciblemente emocionado.