Qué extraño es el destino de la poesía -meditaba, un poco más tranquilo-. Todos la admiran y la buscan, no desean otra cosa en la vida y no dejan de perseguirla, pero nadie reconoce su fuerza, nadie aprecia ese bien, el mejor del mundo, nadie estima quien la dona a los hombres ni se muestra agradecido con él. Preguntad a cualquiera de los huéspedes del Schweitzerhof cuál es el bien más importante del mundo, y todos, o al menos el noventa y nueve por ciento, os dirán con un gesto sardónico que el bien más importante del mundo es el dinero. "Quizá esa idea no le guste o no se compadezca con sus ideales elevados -dirán-, pero ¿qué puede hacerse cuando la vida de los hombres está construida de tal manera que sólo el dinero puede procurarles la felicidad? No puedo impedir que mi intelecto vea el mundo como es -añadirán-, es decir, que vea la verdad." Vuestra inteligencia es lastimosa y deplorable la felicidad que anheláis. ¡Desdichadas criaturas que ni siquiera sabéis lo que necesitáis...! ¿Por qué os habéis separado de vuestros familiares, habéis abandonado vuestro país, vuestras ocupaciones y lucrativos negocios y os habéis reunido en la pequeña ciudad suiza de Lucerna? ¿Por qué esta noche os habéis asomado a los balcones y en respetuoso silencio habéis escuchado la canción de un desdichado mendigo? Si hubiera querido cantar más, habríais seguido callando y escuchando. ¿Acaso con dinero, incluso con millones, se os podría echar de vuestro país y reuniros en un pequeño rincón de Lucerna? ¿Con dinero se os podría juntar en las terrazas y obligaros a guardar silencio y sin moveros durante media hora? ¡No! Lo único que os obliga a actuar así, y que ejercerá siempre sobre vosotros mayor influencia que cualquier otro estímulo de la vida, es la necesidad de poesía, de la que no sois conscientes, pero que sentís y sentireís mientras quede en vosotros algún rasgo humano. La palabra poesía os parece ridícula, la empleáis como un reproche jocoso;sólo admitís el amor por lo poético en los niños y en las muchachas tontas, e incluso os reís de ellos; a vosotros sólo os sirve lo que es práctico. Pero los niños contemplan la vida con sensatez, aprecian y saben lo que debe amar una persona y lo que procura la felicidad, mientras vosotros estáis tan confusos y pervertidos por la vida que os reís de lo único que amáis y sólo perseguís lo que odiáis y lo que crea vuestra desdicha. Estáis tan desorientados que no comprendéis las obligaciones que tenéis con un pobre tirolés que os ha procurado un placer puro; y, sin embargo, sentís la necesidad de humillaros en vano, sin provecho ni utilidad, ante cualquier lord , sin razón alguna, vuestra tranquilidad y vuestro bienestar. ¡Qué absurdo, qué insoluble contrasentido! Pero no es eso lo que más me ha sorprendido esta noche. Ese desconocimiento de lo que procura la felicidad, esa indiferencia por los placeres poéticos me resultan casi comprensibles, o al menos habituales, pues me he topado a menudo con ellos a lo largo de la vida; tampoco la burda e inconsciente crueldad de la muchedumbre constituye una novedad; por mucho que digan los defensores del buen sentido popular, la muchedumbre es una reunión de personas buenas en el fondo, pero a las que sólo une su lado animal y desagradable, y que únicamente pueden expresar la debilidad y la crueldad de la naturaleza humana. Pero ¿cómo es posible que vosotros, hijos de un pueblo libre y humano; vosotros, cristianos, nada menos que hombres, hayáis respondido con frialdad y escarnio al placer puro que os ha procurado un hombre desdichado y menesteroso? Ya sé, en vuestra patria hay albergues para pordioseros. No hay pordioseros, no debe haberlos y no debe existir el sentimiento de compasión en el que se basa la mendicidad. Pero él ha trabajado, os ha procurado placer, os ha suplicado que le dierais un poco del dinero que os sobra a cambio de su trabajo, del que habéis gozado. Y vosotros lo habéis contemplado con una fría sonrisa, como si se tratara se una rareza, desde vuestras altas y lujosas habitaciones; de cien personas satisfechas y adineradas , ni una sola, ni una, se dignó arrojarle una moneda . Lleno de vergüenza, se ha alejado de vosotros, y la muchedumbre insensata, en lugar de perseguiros a vosotros, le persiguió a él, riéndose e injuriándole, porque os habíais mostrado fríos, crueles e indignos, porque le habíais robado el placer que os había procurado, porque le habíais ofendido.
El siete de julio de 1857, en Lucerna, delante del hotel Schweitzerhof, en el que se alojan personas bastante adineradas, un cantante vagabundo y menesteroso cantó y tocó la guitarra durante media hora. En torno a un centenar de personas lo escuchó. Tres veces pidió el cantante que le entregaran algo. Pero nadie le dio nada y muchos se rieron de él.
No es una invención, sino un hecho real que cualquiera puede verificar interrogando a los clientes fijos de Schweitzerhof, también podrá saber, consultando los periódicos, quiénes eran los extranjeros que se alojaban en el Schweitzerhof el siete de julio.
He aquí un suceso que los historiadores de nuestro tiempo deberían anotar con letras de fuego indelebles. Ese suceso es más significativo, más importante y tiene un sentido mucho más profundo que los hechos de los que se ocupan los periódicos y los libros de historia. Que los ingleses hayan matado miles de chinos porque no compran nada en dinero, mientras su país engulle moneda sonante; que los franceses hayan matado otro millar de cabilas porque las cosechas son buenas en África, que la guerra permanente sea útil para la formación de los ejercitos, que el embajador turco en Nápoles no pueda ser judío y que el emperador Napoleón se pasee por Plombières y asegure por medio de la imprenta que reina sólo por voluntad del pueblo; todas esas palabras ocultan o demuestran lo que sabemos desde hace mucho; pero el suceso acontecido en Lucerna el siete de julio me parece completamente nuevo, extraño; ya no guarda relación con los aspectos negativos de la naturaleza humana en general, sino con una época concreta de la evolución de la sociedad. No es un hecho que afecte a la historia de las acciones humanas, sino a la historia del progreso y la civilización.
¿Por qué ese hecho inhumano, que sería impensable en cualquier aldea alemana, francesa o italiana es posible aquí, donde la civilización, la libertad y la igualdad hab llegado a su máximo grado; donde se reúnen las personas mejor educadas de las naciones civilizadas? ¿Por qué esas personas evolucionadas y humanitarias, capaces, en general, de cualquier acción digna y generosa, carecen de ese sentimiento humano de cordialidad que se necesita para ejecutar personalmente una buena acción? ¿Por qué esas personas, que en sus parlamentos, mítines y sociedades se preocupan tanto por las condiciones de los chinos solteros en
¿Igualdad ante la ley? Pero ¿acaso la vida entera del hombre se desarolla en la esfera de la ley? Sólo una milésima parte está sometida a la ley; la restante se sitúa fuera, en la esfera de las costumbres y de las concepciones de la sociedad. Y en la sociedad un camarero va mejor vestido que un cantante y puede ofenderlo impunemente. Yo voy mejor vestido que un camarero y puedo ofenderlo impunemente. El portero se considera inferior a mí y superior al cantante; cuando yo me uní al cantante, el porteri se consideró igual a nosotros y se mostró grosero. Yo fui impertinente con él y entonces se consideró inferior a mí. El camarero fue impertinente con el cantante y éste se consideró inferior a él. ¿Es posible que un Estado pueda llamarse libre o, como dice la gente, positivamente libre, cuando a un ciudadano lo meten en la cárcel porque, sin molestar ni hacer ningún mal a nadie, hace lo único que sabe para no morise de hambre?
¡Qué criatura lastimosa y desdichada es el hombre, con su necesidad de decisiones positivas, arrojado en ese océano eternamente cambiante e infinito del bien y del mal, de hechos, de consideraciones y de contradicciones! Durante siglos los hombres han luchado y se han afanado por separar el bien del mal. Pasan los siglos, pero si una mente imparcial pesa cualquier cosa en la balanza del bien y del mal, debe reconocer que los platillos no oscilan, pues en cada uno de ellos hay tanto bien como mal. ¡Si al menos el hombre aprendiera a no juzgar, a no pensar en términos netos y positivos, a no dar respuesta a preguntas que únicamente se le formulan porque son irresolubles! ¡Si al menos comprendiera que toda idea es mendaz y al mismo tiempo justa! Mendaz por la unilateralidad, por la imposibilidad del hombre de abrazar toda la verdad, y justa en cuanto expresión de un aspecto de las aspiraciones humanas. Se han hecho subdivisiones en ese caos eternamente cambiante, infinito y siempre revuelto del bien y del mal; se han trazado líneas imaginarias en ese mar y se piensa que se puede dividir así. ¡Como si desde otro punto de vista completamente distinto, desde otro plano, no pudieran establecerse millones de subdivisiones diferentes! Es cierto que esas nuevas subdivisiones se han ido elaborando durante siglos, pero muchos siglos han pasado y millones están aún por pasar. La civilización es un bien; la barbarie, un mal. La libertat es un bien; la esclavitud, un mal. Ese conocimiento imaginario destruye las instintivas, sacrosantas y primigenias exigencias de bien que hay en la naturaleza humana. ¿Quién puede definir qué es la libertad, el despotismo, la civilización, la barbarie? ¿Y dónde están las fronteras entre una noción y otra? ¿En qué alma la medida del bien y del mal es tan inmutable que le permita medir los hechos, tan huidizos y confusos? ¿Quién tiene una inteligencia tan poderosa que pueda abarcar siquiera todos los hechos del inmóvil pasado y sopesarlos? ¿Quién conoce una situación en la que no estén presentes al mismo tiempo el bien y el mal? Y, cuando me parece que uno se encuentra en mayor medida que el otro, ¿cómo puedo saber que esa percepción no se debe a que mi punto vista es incorrecto? ¿Quién está en condiciones, aunque sea por un solo instante, de desligarse por completo de la vida, mediante la fuerza del intelecto, para poder contemplarla con independencia desde lo alto? Sólo tenemos una guía infalible, el Espíritu Universal, que penetra en todos conjuntamente y en cada uno por separado, insuflando en todos la aspiración de lo que debe ser; es el mismo espíritu que ordena el árbol crecer hacia el sol, a la flor arrojar semillas en otoño y a nosotros estrecharnos espontáneamente unos a otros.
Es precisamente esa voz infalible y sagrada la que sofoca el ruidoso y apresurado desarrollo de la civilización. ¿Quién es más humano y quién más bárbaro? ¿El lord que al ver el astroso traje del cantante se levanta con desdén de la mesa, que no le da por su esfuerzo ni una millonésima parte de sus bienes y que ahora, saciado, sentado en su habitación confortable e iluminada, medita con serenidad sobre los acontecimientos de China, juzgando justos los homicidios que se cometen allí, o el mísero cantante que, arriesgándose a que lo encierren en la cárcel, con un solo franco en el bolsillo, camina desde hace veinte años por montes y valles sin hacer mal a nadie, consolando a los hombres con su canto; ese mismo cantante al que hoy han ofendido y han estado a punto de echar y que, cansado, hambriento y avergonzado, se ha ido a dormir sobre un montón de paja maloliente?
En este momento, en el silencio de muerte de la noche, he oído en la lejanía, procedente de la ciudad, el rasgueo de la guitarra del hombrecillo y su voz.
No -me dije involuntariamente-, no tienes derecho a compadecerte de él ni a indignarte por las comodidades del lord. ¿Quién ha sopesado la felicidad interior que se oculta en el alma de esas dos personas? El cantante está sentado en un umbral hediondo, contempla el cielo iluminado por la luna y canta alegremente en medio de la noche serena y fragante, libre su ánimo de rencores, odios y remordimientos. ¿Quién sabe qué pasará ahora por el alma de las personas alojadas entre estas opulentas y altas paredes? Quién sabe si hay en ellos esa despreocupada y dulce alegría de vivir y ese sentimiento de armonía con el mundo que anida en el alma de ese hombrecillo. La bondad y la sabiduría de quien ha permitido y ordenado que existan todas estas contradicciones es infinita. Sólo a ti, gusano insignificante, que, con audacia y sin derecho alguno, tratas de penetrar sus leyes y sus intenciones; sólo a ti te parecen contradicciones. Él mira dulcemente desde su inconmensurable altura luminosa y goza de la armonía infinita en la que todos vosotros os movéis, contradictoria, interminablemente. En tu orgullo crees que puedes escapar a las leyes generales. No, también tú, don tu ruin y mezquino desdén por los camareros; también tú has respondido a la necesidad armoniosa de lo eterno y del infinito...
domingo, 20 de junio de 2010
De las memorias del Príncipe D. Nejliúdov. Lucerna - Lev Tolstói
jueves, 17 de junio de 2010
El punto de vista ruso - Virginia Woolf
No sólo ocurre que todo esto nos separa de la literatura rusa, sino una barrera mucho más seria: la diferencia de idioma. De todos los que se regalaron con Tolstói, Dostoievsky y Chéjov en los últimos veinte años, no más de uno o quizás dos pudieron leerlos en ruso. Nuestras estimaciones de sus cualidades fueron formadas por críticos que nunca leyeron una palabra en ruso, nunca vieron Rusia, incluso nunca oyeron esa lengua hablada por nativos; hemos tenido que depender, ciega e implícitamente, del trabajo de los traductores.
Lo que estamos diciendo se limita a lo siguiente, entonces: que hemos juzgado toda una literatura desnudada de su estilo. Cuando se ha cambiado toda palabra de una oración del ruso al inglés, con eso se ha alterado un poco el sentido y del todo el sonido, el peso y al acento de las palabras en la relación que guardan entre sí; nada queda sino una versión tosca y burda del sentido. Así tratados, los grandes escritores rusos son como hombres privados, por un terremoto o un accidente ferroviario, no sólo de su ropa, sino de algo más sutil e importante: sus costumbres, la idiosincrasia de su carácter. Lo que resta es, como lo han probado los ingleses mediante el fanatismo de su admiración, algo muy poderoso y muy impresionante, pero es difícil estar seguros, dadas hasta dónde confiar en que no estamos haciéndoles imputaciones, no los estamos distorsionando, no estamos leyendo en ellos un subrayado que es falso.
Han perdido su ropa, decimos, en alguna catástrofe terrible, pues cualquier figura de este tipo describe la sencillez, la humanidad liberada de cualquier esfuerzo por ocultar y disfrazar sus instintos, que la literatura rusa trae a nosotros, se deba a la traducción o a alguna otra causa más profunda. Encontramos que estas cualidades todo lo empapan, que son igual de obvias en los escritores menores que en los grandes. "Aprendan a ser los iguales de la gente. Incluso me gustaría agregar: háganse indispensables a ella. Pero que esa simpatía no sea de la mente -pues con la mente es fácil- sino con el corazón, con amor por ella." "Viene de los rusos" se diría al instante, si uno tropezara con esta cita. La sencillez, la ausencia de esfuerzos, la suposición de que en un mundo rebosante de miseria el principal llamado que se nos hace es a comprender a nuestros compañeros de sufrimiento, y que "no sea de la mente -pues con la mente es fácil- sino con el corazón": tal es la nube que gravita sobre toda la literatura rusa, que nos aleja de nuestra brillantez parchada y de nuestros caminos agostados para que nos expandamos a su sombra... con resultados desastrosos, desde luego. Caemos en la torpeza y en la conciencia de nosotros mismos; negamos nuestras cualidades, escribirnos con una afectación de bondad y sencillez que es nauseabunda al extremo. No sabemos decir "hermano" con sencilla convicción. Hay una historia del señor Galsworthy en que uno de los personajes se dirige de esa manera a otro (ambos se encuentran en las honduras del infortunio). De inmediato todo se vuelve forzado y afectado. El equivalente inglés de "hermano" es "mate", una palabra muy diferente, que algo de sardónico tiene en sí, una indefinible insinuación de buen humor. Aunque se hayan encontrado en las honduras del infortunio, esos dos ingleses que así se dirigen uno al otro hallarán, estamos seguros, un empleo, harán fortuna, dedicarán los últimos años de sus vidas al lujo y dejarán una suma de dinero para evitar que algunos pobres diablos se llamen entre sí "hermano" en el Embankment. Pero es el sufrimiento común el que produce esa sensación de hermandad y no la felicidad, el esfuerzo o el deseo común. Esa "tristeza profunda" que el Dr. Hagberg Wright piensa típica del pueblo ruso es la que crea su literatura.
Desde luego, una generalización de este tipo, incluso aunque verdadera en cierto grado cuando se la aplica al cuerpo de la literatura, cambia profundamente si un escritor de genio se pone a trabajar con ella. De inmediato surgen otras cuestiones. Se ve entonces que una "actitud" no es sencilla, sino compleja en grado sumo. Hombres robados de sus sacos y de sus modales, aturdidos por un accidente ferroviario, dicen cosas duras, cosas ásperas, cosas desagradables, cosas difíciles, incluso aunque las digan con el abandono y la sencillez que en ellos producen las catástrofes. Ante Chéjov, nuestras primeras impresiones no son de sencillez, sino de perplejidad. ¿Qué quiere decir, por qué extrae un cuento de esto? preguntamos mientras leemos un cuento tras otro. Un hombre se enamora de una mujer casada, se separan y vuelven a encontrarse y, al final, se los deja hablando acerca de su posición y de los medios por los cuales pueden liberarse de "esta esclavitud intolerable".
"-¿Cómo, cómo? -pregunta asiéndose la cabeza... se diría que en un momento iba a surgir la solución y entonces comenzaría una vida nueva y espléndida." Allí acaba. Un cartero conduce a un estudiante a la estación y a lo largo del camino el estudiante procura que el cartero hable, pero éste permanece silencioso. De pronto el cartero dice, inesperadamente: "Es contra el reglamento llevar a una persona con el correo". Y camina de un lado a otro del andén con un gesto de enojo en la cara. "¿Con quién estaba enojado? ¿Con la gente, con la pobreza, con las noches de otoño?". De nuevo, allí acaba el cuento.
Pero ¿es éste el final? preguntamos. Más bien quedamos con la sensación de que no vimos las señales carreteras; o como si una melodía se hubiera interrumpido antes de tiempo, sin los acordes esperados al cierre. Son cuentos inconclusos, decimos, y procedemos a componer una crítica basada en la suposición de que los cuentos han de concluir de un modo que podamos reconocer. Al hacer esto, planteamos la cuestión de nuestra aptitud como lectores. Allí donde la melodía es familiar y el final enfático -los amantes se reúnen, los villanos son derrotados, las intrigas quedan al descubierto-, como ocurre en gran parte de la narrativa victoriana, difícilmente nos extraviaremos; pero si la melodía no es familiar y el final una nota de interrogación o la simple información de que los personajes siguieron hablando, como sucede en Chéjov, necesitamos un sentido de la literatura muy atrevido y alerta para escuchar la melodía, y en especial esas notas finales que completan la armonía. Es probable que hayamos de leer muchísimos cuentos antes de sentir, y esa sensación es esencial para nuestra satisfacción, que mantenemos unidas las partes, y que Chéjov no sólo se limitaba a divagar desconectadamente, sino que tocaba primero esta nota y luego la otra con intención, para completar el significado.
Debemos explorar para descubrir dónde es correcto poner el subrayado en estos cuentos extraños. Las propias palabras de Chéjov nos sirven de guía en la dirección correcta: "... una conversación como ésta que sostenemos", dice, "habría sido impensable para nuestros padres. Por la noche no hablaban, sino que dormían profundamente; nuestra generación duerme mal, es inquieta, pero habla muchísimo y siempre está intentando decidir si estamos en lo correcto o no". La literatura de sátira social y de sutilezas psicológicas surge de ese sueño inquieto, de esa charla incesante; pero, después de todo, hay una diferencia enorme entre Chéjov y Henry James, entre Chéjov y Bernard Shaw. Es obvio, pero ¿de dónde procede? También Chéjov está consciente de los males y de las injusticias de la situación social; la condición de los campesinos lo asombra, pero no está en él el celo del reformador, no está allí la señal de que nos detengamos. La mente le interesa enormemente; es un analista de las relaciones humanas de lo más sutil y delicado. Pero, una vez más, no, allí no está el final. ¿Será qué primariamente no le interesan las relaciones del alma con otras almas, sino la relación del alma con la salud, la relación del alma con la bondad? Esos cuentos nos muestran siempre alguna afectación, pose, falta de sinceridad. Algunas mujeres caen en una relación falsa, algunos hombres han sido pervertidos por la inhumanidad de su circunstancia. El alma está enferma, el alma se cura, el alma no se cura. He ahí los puntos subrayados en esos cuentos.
Una vez que el ojo se acostumbra a esos matices, la mitad de las "conclusiones" empleadas en la narrativa se desvanecen en el aire; se muestran como transparencias que tienen una luz por detrás: chillonas, deslumbrantes, superficiales. El aseo general del capítulo último -el matrimonio, la muerte, la expresión de valores tan sonoramente anunciados con trompetas, tan notoriamente subrayados- adquiere una naturaleza de lo más rudimentaria, Nada se resuelve, sentimos; nada se sostiene unido correctamente. Por otra parte, ese método que de principio parecía tan casual, tan inconcluso, tan ocupado con nimiedades, ahora se presenta como el resultado de un gusto exquisitamente original y quisquilloso, que elige con atrevimiento, que pone orden infaliblemente y que está controlado por una honestidad para la que no hallamos pareja, salvo entre los propios rusos. Tal vez no haya respuesta para esas preguntas, pero al mismo tiempo jamás manipulemos las pruebas, a modo de producir algo adecuado, decoroso, agradable a nuestra vanidad. Acaso éste no sea el modo de captar el oído del público; después de todo, se encuentra acostumbrado a una música más sonora, a medidas más rotundas; pero ellos han escrito la melodía según sonaba. En consecuencia, conforme leemos estos cuentos que de nada tratan, el horizonte se amplía; el alma gana una sensación de libertad pasmosa.
Cuando leemos a Chéjov, nos descubrimos repitiendo una y otra vez la palabra "alma". Asperja sus páginas. Los borrachos viejos la emplean con toda libertad: "... has subido mucho en el escalafón, nadie te alcanza, pero no tienes un alma real, mi querido muchacho... careces de fuerza". De hecho, el alma es el personaje central de la narrativa rusa. Delicada y sutil en Chéjov, sujeta a un número infinito de humores y perturbaciones, es de mayor profundidad y volumen en Dostoievsky, capaz de enfermedades violentas y de fiebres violentas, pero con todo sigue siendo la preocupación dominante. Quizá tal sea la causa de que al lector inglés le cueste un esfuerzo grande el leer por segunda vez Los hermanos Karamázov o Demonios. El "alma" le es ajena. Incluso antipática. Tiene poco sentido del humor y ninguno de la comedia. Carece de forma. Mantiene una relación ligera con el intelecto. Está confusa, es difusa, tumultuosa, incapaz al parecer de someterse al dominio de la lógica o a la disciplina de la poesía. Las novelas de Dostoievsky son remolinos bullentes, tormentas de arena giratorias, trombas que sisean, hierven y nos absorben. Se componen única y totalmente del material del alma. A pesar de nuestra voluntad nos devoran, nos sacuden, ciegan, sofocan y, al mismo tiempo, nos llenan de un éxtasis vertiginoso. Excepto Shakespeare, no hay lectura más excitante. Abrimos la puerta y nos encontramos en una habitación llena de generales rusos, de tutores de generales rusos, sus hijastras y primos y multitudes de gente miscelánea que hablan a plena voz de sus asuntos más íntimos. Pero ¿dónde estamos nosotros? De seguro corresponde al novelista informarnos si estamos en un hotel, en un piso o en alojamientos rentados. Pero a nadie se le ocurre explicar. Somos almas, almas torturadas, infelices, cuyo negocio único es hablar, revelar, confesar, desnudar ante cualquier desgarramiento de la carne y el nervio esos pecados agrios que se arrastran en la arena al fondo de nosotros. Pero, según escuchamos, nuestra confusión se asienta lentamente. Nos lanzan una cuerda, pescamos un soliloquio, sujetos por la piel de nuestros dientes nos vemos impulsados a través del agua; afiebrados, agitados, avanzamos presurosos más y más, si ahora sumergidos, después en un momento de visión que nos permite comprender más de lo que nunca habíamos comprendido, recibiendo revelaciones tales que sólo se obtienen de la prensa de la vida cuando en pleno funcionamiento. Según volamos lo recogemos todo -el nombre de las personas, sus relaciones, que paran en un hotel en Roulettenburg, que Polina está enredada en una intriga con el marqués de Grieux-, pero ¡qué asuntos tan poco importantes son éstos comparados con el alma! Es el alma lo que cuenta, sus pasiones, sus tumultos, su asombrosa mezcla de hermosura y vileza. Y de pronto nuestras voces se levantan en estallidos de risa o si nos sacude el más violento de los sollozos ¿habrá algo más natural? Apenas merece comentario. El ritmo al cual vivimos es tan tremendo, que de nuestras ruedas brotan chispas según huimos. Además, cuando así aumenta la velocidad y se ven los elementos del alma, aunque no separados en escenas de humor y escenas de pasión, según los conciben nuestras mentes inglesas más lentas, sino veteados, revueltos, confundidos inextricablemente, revelándose así un panorama nuevo de la mente humana. Las viejas divisiones se funden entre sí. Los hombres son a la vez villanos y santos, sus actos bellos y despreciables a la vez. Amamos y odiamos al mismo tiempo. Nada hay de esa división precisa entre bien y mal a la que estamos acostumbrados. A menudo, aquellos por quienes sentimos mayor afecto son los criminales mayores y los pecadores más abyectos nos llevan a la admiración más fuerte, así como al amor.
Impulsado a la cresta de las olas, impelido contra y apaleado en las piedras del fondo, al lector inglés le resulta difícil sentirse cómodo. Le han invertido el proceso al que se acostumbró en su propia literatura. Si deseamos contar la historia de los amoríos de un general (y en primer lugar nos resultaría muy difícil no reírnos de él), habremos de empezar por su casa; debemos hacer sólido su entorno. Sólo cuando todo está listo intentaremos atender al propio general. Además, en Inglaterra gobierna la tetera y no el samovar; el tiempo está limitado; el espacio apeñuscado; se hace sentir la influencia de otros puntos de vista, de otros libros, incluso de otras épocas. La sociedad está dividida en la clase baja, la media y la alta, cada una dueña de su tradición, de sus modales y, hasta cierto grado, de su propio lenguaje. Lo quiera o no, el novelista inglés sufre la presión constante de reconocer esas barreras y, en consecuencia, se le impone un orden y algún tipo de forma, se inclina por la sátira más que por la compasión, por el escrutinio de la sociedad más que por el entendimiento de los individuos en sí.
Ninguna de esas restricciones se impusieron a Dostoievsky. Le es igual que usted sea noble o persona sencilla, un vagabundo o una gran dama. No importa quién sea, es la vasija de ese líquido perplejo, de esa materia nubosa, espumosa, preciosa, llamada alma. El alma no está restringida por barreras. Se derrama, fluye, se mezcla al alma de otros. La sencilla historia de un oficinista de banco incapaz de pagar una botella de vino se desparrama, antes de que sepamos lo que está ocurriendo, hacia la vida del suegro y de sus cinco amantes, a las que trata abominablemente el suegro, y hacia la vida del cartero, y de la sirvienta, y de las princesas que se alojan en el mismo conjunto de pisos, pues nada es ajeno a la provincia de Dostoievsky, y cuando se siente cansado no para, sino que sigue adelante. No puede detenerse. El alma humana se derrumba sobre nosotros caliente, escaldadora, mezclada, maravillosa, terrible, opresiva.
Queda el mayor de todos los novelistas, pues ¿de qué otro modo llamar al autor de La guerra y la paz? ¿También Tolstói nos resultará ajeno, difícil, extranjero? ¿Hay en su ángulo de visión alguna rareza que, al menos hasta habernos vuelto discípulos y por tanto haber perdido nuestra orientación, nos mantenga a distancia, llenos de sospecha y perplejidad? En todo caso, desde sus primeras palabras estamos seguros de una cosa: He aquí un hombre que ve lo que vemos, que además procede como estamos acostumbrados a proceder, no del interior al exterior sino del exterior al interior. Hay un mundo en el cual a las ocho de la mañana se escucha el llamado del cartero y las personas se van a la cama entre las diez y las once. He aquí un hombre que, además, no es un salvaje, no es un hijo de la naturaleza; está educado y ha tenido toda suerte de experiencias. Es uno de esos que nació aristócrata y aprovechó sus privilegios a plenitud. Es metropolitano, no suburbano. Sus sentidos, su intelecto, son agudos, poderosos y están bien nutridos. Hay algo de orgulloso y soberbio en el ataque que una mente y un cuerpo así lanzan sobre la vida. Nada parece escapársele. Nada escapa a su vista sin ser registrado. Por tanto, nadie puede transmitir como él la excitación del deporte, la belleza de los caballos y toda el hambre fiera por el mundo de los sentidos que posee un joven fuerte. Toda ramita, toda pluma se pega a su imán. Nota el azul o el rojo del blusón de un niño, el modo en que un caballo mueve la cola, el sonido de una tos, las acciones de un hombre que intenta meter las manos en unos bolsillos que han sido cosidos. Y lo que informa su ojo infalible sobre una tos o los trucos de unas manos, su cerebro infalible lo une a algo oculto en el carácter de la gente, de modo que la conocemos no sólo por el modo en el que ama y sus puntos de vista políticos y la inmortalidad del alma, sino también por el modo en que estornuda y se atraganta. Incluso tratándose de una traducción, sentimos que nos han puesto en la cima de una montaña con un telescopio en las manos. Todo es asombrosamente claro y absolutamente nítido. Pero entonces, de pronto, justo cuando exultamos, respirando hondo, sintiéndonos a la vez fortalecidos y purificados, algún detalle -tal vez la cabeza de un hombre- nos llega, de modo alarmante, desde el cuadro, como si expulsado de allí por la intensidad misma de la vida que tiene. "De pronto, me sucedió una cosa extraña: primero dejé de ver lo que me rodeaba, luego su rostro pareció desvanecerse hasta sólo quedar los ojos, a continuación los ojos parecían estar en mi propia cabeza y luego todo se volvió confuso; nada podía captar y me vi forzado a cerrar los ojos, para librarme de esa sensación de placer y miedo que su mirada producía en mí..."
Una y otra vez compartimos los sentimientos de Masha en Felicidad conyugal. Cerramos los ojos para escapar a la sensación de placer y miedo. A menudo es el placer el que está en primer plano. En esa misma historia hay dos descripciones, una la de una chica que de noche camina por un jardín con su amado, otra la de una pareja recién casada jugueteando por su sala, que de tal manera transmiten la sensación de felicidad intensa que cerramos el libro para sentirnos mejor. Pero siempre se da un elemento de miedo que, así ocurre con Masha, nos hace desear huir de la mirada puesta por Tolstói en nosotros. ¿Surgirá de esa sensación, que en la vida real pudiera acosarnos, de que tal felicidad, tal y como él la describe, es demasiado intensa para durar, que estamos al borde del desastre? ¿O no será que la intensidad misma de nuestro placer es un tanto cuestionable, forzándonos a preguntarnos, junto con Pozdnishev en La Sonata Kreutzer "¿para qué vivir?" La vida domina a Tolstói tal como el alma domina a Dostoievsky. En el centro de todos los pétalos brillantes y centelladores de la flor siempre se encuentra este escorpión: "¿Para qué vivir?" Siempre, en el centro del libro, hay algún Olenin o Pierre o Levin que reúne en sí toda la experiencia, le da vuelta al mundo en los dedos y nunca deja de preguntar, incluso cuando lo está gozando: cuál es el significado de esto y cuáles debieran ser nuestras metas. No se trata del sacerdote que fragmenta de modo tan efectivo nuestros deseos; es el hombre que los ha conocido y los ha amado. Cuando se mofa de ellos, el mundo se vuelve polvo y cenizas bajo nuestros pies. De esta manera, el miedo se mezcla a nuestro placer. De los tres grandes escritores rusos, es Tolstói el que más nos sojuzga y más nos repele.
Pero la mente toma sus inclinaciones del lugar donde nace y, no hay duda, cuando tropieza con una literatura tan ajena como la rusa, huye por una tangente muy alejada de la verdad.
domingo, 13 de junio de 2010
El xiringito del Barça
Josep Maria Xercavins, empresari immobiliari; Artur Mas, president de CiU; Enric Lacalle, president de Barcelona Meeting Point; José Antich, director de La Vanguardia; Josep Cuní, periodista de TV3; Antoni Brufau, president de Repsol YPF; Joan Maria Nin, director general de La Caixa; Sandro Rosell, candidat (president) a la presidència del FC Barcelona; Antoni Vila Casas, mecenes cultural; Arcadi Calzada, expresident de Caixa Girona; i Antoni Puig, empresari.
D´això s´en diu l´autentica democràcia, l´autèntica objectivitat periodísctica. Ara s´enten aquesta campanya Florentino 2.0 que li han estat fent alguns mitjans al Sandro. Si amb el Barça ja fan tot aquest desplegament no vull pensar que fan amb els polítics. Després s´ompliràn la boca de la festa de la democràcia, el poble, la societat... A tots aquests fills de puta els hi convé una Gran Purga!
sábado, 5 de junio de 2010
viernes, 4 de junio de 2010
Història de Storm - Godspeed You! Black Emperor
(Llegir amb la canço de fons)
T´acompanya , fa que corris i de cop tot marxa. Et diu que estiguis tranquil. Pregunta que on vas. Pensa. Mira, per allà ve algú. Parla amb ella.
Aneu amb pas ferm. Agafats de la mà per el mig del Paral·lel. La gent crida. L´abraces. Sents el calor del seu cos. Com bombeja el seu cor. Que meravellós es tot. Que grandiós ets. Et fa un petó. Li fas un petó. Es desboca la passió.
Però tingues cura. Amagueu-vos darrer un arbre que ve una onada de gent. A les seves mans torxes. Que buscan? La buscan a ella! Corre! Corre! No dubtis. Entra a casa seva. Les escales cauen. La façana també. No hi ha sostre. Es veu el cel. Esteu esgotats. Us queda un pis fins arribar a la seva porta. Us arrosegueu. La miras. Et mira. Us feu un petons. De fons es senten els crits. Sonen tambors. Una última abraçada. Obriu la porta. Dormiu al seu llit. Fora tot es calma. Desapareix tothom a l´exterior.
Plou. Les gotes us desperten. El carrer apareix buit. Les radios dels cotxes estan enceses. Les sirenes de les ambulàncies sonen monòtones. Et parla. No escoltes res. L´intentes parlar però no surt cap so de la teva boca. Ploreu. Us veieu despullats. Us calmeu. Us mireu fixament.
Somrieu.
sábado, 29 de mayo de 2010
Coneix , experimenta , viu ...!
El dia es presenta tranquil. Estirada contempla com els núvols travessen el cel amb pas ferm i tranquil i desapareixen de la seva vista. Juga buscant semblances dels núvols amb la realitat.
- Aquell sembla una xiruca i aquell altre és una oreo!
Tant d´entusiasme s´esvaeix per l´aparició del vent i la constació de que no l´acompanya ningú en aquell moment. Al seu costat mirades buides, superficials que solament veuen el que els prejudicis els ho permeten. S´aixeca i comença a caminar. Té por. El vent arremet amb força i fa que sota la samarreta es marqui la seva esbelta figura i que les bambes que penjaven d´un mosquetó de la motxilla li anaven donant copets al cul. Els peus li tremolen. Confusa comença a correr darrere aquest vent ferotge. Corre, el crida, l´arriba a tocar però ell segueix davant sense notar la seva presència. Quan s´aproximen al parc de la ciutadella ell fuig ràpidament. Des de l´exterior s´escolta el punteig d´una guitarra però el mur que rodeja el parc no deixa veure més que els troncs i les copes dels arbres.
Ja a l´entrada es respira un altre ambient. No importa el temps. Aquí tothom es reuneix amb les persones que estima per estirar-se a l´herba i parlar o per estar amb un mateix i reflexionar. Els dos extrems de la vida, nens i avis, passegen junts sense preocupar-se per el futur. La guitarra sona més. Al costat de l´escultura Desconsol afina la guitarra un jove de cabells llisos i negres com el carbó. La seva mirada transmitia una enorme seguretat en si mateix. La seva cara reflectia expèriencia. S´apropa cap a ell amb cautela. A la funda s´hi poden contar 6 euros en monedes.
- Hola , no hauràs vist fugir el vent per aquí?
- He notat una corrent però anava cap a Arc de Triomf. Si vols t´acompanyo que em ve de camí a casa.
- Perfecte.
Enfilen el passeig de LLuis Companys. Alternen els silencis i les converses de persones que s´acaben de conéixer. Tot i així en els silencis denoten la complicitat que es dóna entre amics que fa anys que es coneixen o amb persones amb les que s´estableix un vincle especial des del primer moment, com pot ser aquest cas.
En una d´aquests moments de silenci ell obre el llibre Ana Karenina, que duia a una ma, i li recita un fragment.
"-La mujer, amigo mío, es un ser que por más que lo estudies te resulta siempre nuevo."
"-Entonces vale más no estudiarlo."
"-¡No! Un matemático ha dicho que el placer no está en descubrir la verdad, sino en el esfuerzo de buscarla."
- Substitueix dona per vida i endevant a viure! - Conclou.
Es despedeixen amb l´alegria de coneixer algú especial i amb la voluntat de tornar-se a veure.
Quan ja no el veu comença a correr. Totes les pors han marxat, el seu cor vol sortir i correr amb ella. És feliç. Ja no recorda el vent que l´oprimia perquè ha descobert que deixant les pors enrere pot ser més lliure.
Pels auriculars sona Walk With Me mentres una suau brisa acaricia la seva pell.
Walk With Me - Moby
Walk with me Lord
Walk with me Lord
All alone
This tear's journey
Won't you walk with me
Walk with me Lord
Walk with me
All alone
This tear's journey
Won't you walk with me
Take my hand Lord
Take my hand Lord
All alone
This tear's journey
Won't you take my hand
Let me sleep Lord
Let me sleep, Lord
Let me in
This tear's journey
Won't you let me sleep
Espero que t´agradi.
